En busca de la santidad

Papa Francisco: Hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades. La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él... La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor... no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano.

martes, 9 de octubre de 2012

VENDO PIEL DE OSO


ADIÓS, AMIGO OSO
Esta es una historia real de una dura, pero deseada, despedida.  Todo comenzó hace dos o tres veranos cuando empecé a pensar en decirle adiós para siempre. Quería, pero no podía. Y es que ha sido mi compañero durante 28 años, ha estado conmigo en los momentos de agobio, en los momentos tranquilos;  me ha hecho más llevaderas las situaciones de estrés, me ha acompañado en las alegrías y en las penas, … pero me ha robado la libertad, me ha dañado la salud y me hizo ser dependiente de él; y me ha gastado mucho dinero, que todo hay que decirlo. Estaba claro que esta amistad no era recomendable, te lo promete todo y no te da nada. 
Siempre tuve la ayuda de mi familia, sus avisos, su insistencia, su obstinación en algunos momentos. Me mostraban claras señales sobre la peligrosidad de esa amistad tan arraigada en mí durante tantos años. Al coro de los avisadores y de los señaleros se unieron los amigos y las amigas que, por su insistencia, me arrancaron una decisión -casi forzada- para dejar esa amistad aunque sólo fuera para no escucharles lo que yo interpretaba como reproches.


Pero la decisión clara sucedió en un bello paraje donde Dios se esconde para que le busquemos, sigamos sus señales y le encontremos. Santo Toribio de Liebana y el verano de 2012 puede marcar el inicio de una nueva primavera, como de un nuevo comienzo, como de un nuevo gatear por la iniciación cristiana; por la aventura de conocer un poquito más a Jesucristo. Como el niño pequeño que descubre que no tiene nada y que nada necesita porque lo tiene todo. Para llegar a ese único monasterio hay que seguir muy bien las señales que marcan el camino, si no quieres acabar perdido por La Vega  o por Unquera.  Una de esas señales claras era dejar para siempre esa amistad. Fumándome un cigarro tomé esa decisión y prometí utilizar todas mis fuerzas; ¡qué iluso!, ¡con mis fuerzas!, ja, ja. (De las otras señales ya os hablaré otro día, porque son mejores aún). 

Con la decisión tomada y con nula voluntad para llevarla a cabo vuelvo a la maravillosa rutina diaria. Un buen amigo (una especie de coaching espiritual de los que te orientan, te dan libertad y te ayudan a ejercerla) me recomienda un libro para esta nueva etapa que comienza.  Jean Lafrance es el autor de “Mi vocación es el amor” y trata sobre la vida de Santa Teresa de Lisieux. En las primeras páginas leo que el autor afirma con toda confianza que esta Santa concede siempre todo lo que se le pide. Se me abrió un horizonte lleno de esperanza y de ilusión: lo tengo fácil, se lo pido a la Santa y dejo de fumar sin esfuerzo, je je. Amigos míos que tenéis la paciencia de seguir leyendo este escrito: esta Santa es una santaza, audaz, inteligente y con mucho sentido del humor;  por algo es doctora de la Iglesia  y patrona de las misiones. Ya es mi amiga. Hablo con ella, se lo pido y le digo que quiero liberarme de ese compañero que me consume la vida desde hace tantos años. No se lo digo, pero se entiende que lo quiero hacer sin esfuerzo, sin pasarlo mal y sin echarle de menos. Y me dice con toda claridad, “asiste a ese centro de salud que tantas veces te ha dicho tu hermana y el milagro lo tienes concedido; ah, y tienes que hacer todo lo que te digan”. 
Básicamente he hecho fielmente todo lo que me han pedido, como un niño que confía plenamente en lo que le dice su maestro: un registro de los cigarros consumidos tontos y necesarios; una relación de motivos para dejar de fumar y fijar una fecha para “de una vez y para siempre” dar el salto a lo desconocido.

 Lleno de confianza, sabiendo que iba a ser mi último cigarro fijé el día y la hora: 1 de octubre de 2012 a las 7 de la tarde (fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús o Teresa de Lisieux; y aniversario de boda de ellos dos. Sigo sin tener voluntad para dejarlo pero sé que nunca más voy a fumar, gracias a mi familia, a mis amigos, a ese maravilloso equipo del Centro de Salud de Vargas Ponce (que no sólo salvan vidas, además hacen posibles los milagros), y gracias a mi amiga Teresa de Lisieux, que concede todo lo que se le pide. 

Así fue, amén y así sea. Ahora respiro mejor, no me canso, estoy contento conmigo mismo y puedo oler esa lluvia de rosas. Y los motivos los dejaré escritos en próximo post, estad atentos, je je, por si a alguno le sirven.

Creo que ya puedo vender su piel, porque el oso está cazado y dominado.
Escrito a la semana y un día de un nuevo amanecer. 

Antonio Manuel Sánchez Sánchez
Ex – fumador

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