En busca de la santidad

Papa Francisco: Hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades. La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él... La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor... no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano.

viernes, 24 de febrero de 2012

ENCUENTRO MUNDIAL DE LA FAMILIA, Milán 2012

LA FAMILIA: EL TRABAJO Y LA FIESTA

Catequesis preparatorias
para el VII Encuentro Mundial de las Familias

(Milán, 30 de mayo al 3 de junio de 2012)

Índice de las catequesis

1. El secreto de Nazaret

2. La familia engendra la vida

3. La familia vive la prueba

4. La familia anima la sociedad

5. El trabajo y la fiesta en la familia

6. El trabajo recurso para la familia

7. El trabajo desafío para la familia

8. La fiesta tiempo para la familia

9. La fiesta tiempo para el Señor

10. La fiesta tiempo para la comunidad

TEMA DE LAS CATEQUESIS

Familia, trabajo, fiesta. Son las tres palabras del tema para el VII Encuentro mundial de las Familias. Forman un trinomio que parte de la familia para abrirla al mundo: el trabajo y la fiesta son modalidades a través de las cuales la familia habita el «espacio» social y vive el «tiempo» humano. El tema relaciona la pareja de hombre y mujer con sus estilos de vida: el modo de vivir las relaciones (la familia), de
habitar el mundo (trabajo) y de humanizar el tiempo (fiesta).

Las catequesis están articuladas en tres grupos, que en secuencia conciernen a la familia, al trabajo y a la fiesta, introducidos por una catequesis sobre el estilo de la vida familiar. Quieren iluminar el nexo entre la experiencia de la familia y la vida cotidiana en la sociedad y en el mundo.

Estructura de las catequesis

Ordinario

A.

Canto y saludo inicial

B.

Invocación del Espíritu Santo

Propio

C.

Lectura de la Palabra de Dios

D.

Catequesis bíblica

E.

Escucha del Magisterio

F.

Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

Ordinario

G.

Un compromiso para la vida familiar y social

H.

Preces espontáneas. Padre Nuestro

I.

Canto final

ÍNDICE

1. EL SECRETO DE NAZARET

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

11Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
12Pero a todos los que la recibieron
les dio poder de hacerse hijos de Dios:
a los que creen en su nombre (
Jn 1, 11-12).

40El niño crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría; y la gracia de
Dios estaba sobre él.
41Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua.
42Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la
fiesta […]

51Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre
conservaba todas estas cosas en su corazón. 52Jesús crecía en sabiduría,
en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (
Lc 2, 40-41.51-52).

D. Catequesis bíblica

1. Vino a los suyos. ¿Por qué la familia debe elegir un estilo de vida? ¿Cuáles son los nuevos estilos de vida para la familia de hoy en relación al trabajo y la fiesta? Dos pasajes bíblicos describen el modo con el cual Jesús nuestro Señor vino entre nosotros (Jn 1, 11- 12) y vivió en una familia humana (Lc 2, 40-41.51-52).

El primer texto nos presenta a Jesús que habita en medio de su gente: «Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios: a los que creen en su nombre». La Palabra eterna sale del seno del Padre, viene entre su gente y entra en una familia humana. El pueblo de Dios, que hubiera debido ser el seno que acogiera al Verbo, se muestra estéril. Los suyos no lo acogen, es más, lo quitan de en medio. El misterio del rechazo de Jesús de Nazaret se sitúa en el corazón de su venida entre nosotros. Pero a los que lo acogen «les dio poder de hacerse hijos de Dios». Al pie de la cruz, Juan ve realizado lo que proclama al inicio de su Evangelio. Jesús, «viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba» (Jn 19, 26), entrega a la madre el nuevo hijo y encomienda la madre al discípulo amado. El evangelista comenta: «y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (19, 27). He aquí el «estilo» que Jesús nos pide para venir entre nosotros:un estilo capaz de acoger y engendrar.

Jesús pide que la familia sea lugar que acoge y genera la vida en plenitud. Esta no da sólo la vida física, sino que abre a la promesa y a la alegría. La familia es capaz de «acoger» si sabe preservar la propia intimidad, la historia de cada uno, las tradiciones familiares, la confianza en la vida, la esperanza en el Señor. La familia es capaz de «engendrar» cuando hace circular los dones recibidos, cuando custodia el ritmo de la existencia cotidiana entre trabajo y fiesta, entre afecto y caridad, entre compromiso y gratuidad. Este es el don que se recibe en la familia: custodiar y transmitir la vida, en la pareja y a los hijos.

La familia tiene su ritmo, como el latido del corazón; es lugar de descanso y de impulso, de llegada y de partida, de paz y de sueño, de ternura y de responsabilidad. La pareja debe construir el clima antes de la llegada de los hijos. La casa no puede quedar desierta a causa del trabajo, sino que la familia deberá aprender a vivir y a conjugar los tiempos del trabajo con los de la fiesta. A menudo deberá hacer frente a presiones externas que no consienten elegir el ideal, pero los discípulos del Señor son aquellos que, viviendo en las situaciones concretas, saben dar sabor a cada cosa, incluso a lo que no se logra cambiar: son la sal de la tierra. Especialmente, el domingo debe ser tiempo de confianza, de libertad, de encuentro, de descanso, de compartir. El domingo es el momento del encuentro entre hombre y mujer. Sobre todo es el Día del Señor, el tiempo de la oración, de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la apertura a la comunidad y a la caridad. Y así, también los días de la semana recibirán luz del domingo y de la fiesta: habrá menos dispersión y más encuentro, menos prisas y más diálogo, menos cosas y más presencia. Un primer paso en esta dirección es ver cómo habitamos la casa, qué hacemos en nuestro hogar. Es preciso observar cómo es nuestra morada y considerar el estilo de nuestro habitar, las decisiones que hemos tomado, los sueños que hemos cultivado, lossufrimientos que vivimos, las luchas que sostenemos, las esperanzas que albergamos.

2. El secreto de Nazaret. En esta aldea de Galilea, Jesús vive el período más largo de su vida. Jesús se hace hombre: con el paso de los años atraviesa muchas de las experiencias humanas para salvarlas todas: se hace uno de nosotros, entra en una familia humana, vive treinta años de absoluto silencio que se convierten en revelación del misterio de la humildad de Nazaret.

Las palabras que abren el pasaje delinea con pocos rasgos el «secreto de Nazaret». Es el lugar para crecer en sabiduría y gracia de Dios, en el contexto de una familia que acoge y engendra. «El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él». El misterio de Nazaret nos dice de modo sencillo que Jesús, la Palabra que viene de lo alto, el Hijo del Padre, se hace niño, asume nuestra humanidad, crece como un muchacho en una familia, vive la experiencia de la religiosidad y de la ley, la vida cotidiana marcada por los días de trabajo y por el descanso del sábado, el calendario de las fiestas. El «hijo del Altísimo» hace experiencia de la fragilidad y de la pobreza, es acompañado por los pastores y por personas que expresan la esperanza de Israel. Pero el misterio de Nazaret es mucho más: es el secreto que ha fascinado a grandes santos, como Teresa de Lisieux y Charles de Foucauld.

En efecto, las frases que cierran el episodio dicen que Jesús «bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús crecía en sabiduría, en estatura (madurez) y en gracia ante Dios y ante los hombres». He aquí el misterio profundo de Nazaret: Jesús, la Palabra de Dios en persona, penetró en nuestra humanidaddurante treinta años. Las palabras de los hombres, las relaciones familiares, la experiencia de la amistad y de la conflictividad, de la salud y de la enfermedad, de la alegría y del dolor se convierten en lenguajes que Jesús aprende para decir la Palabra de Dios. De dónde vienen, si no es de la familia y del ambiente de Nazaret, las palabras de Jesús, sus imágenes, su capacidad de mirar los campos, el campesino que siembra, la mies rubial, la mujer que amasa la harina, el pastor que ha perdido a su oveja, el padre con sus dos hijos. ¿Dónde aprendió Jesús su sorprendente capacidad de contar, imaginar, comparar, rezar en la vida y con la vida? ¿No vienen acaso de la inmersión de Jesús en la vida de Nazaret? Por esto decimos que Nazaret es el lugar de la humildad y del ocultamiento. La Palabra se esconde, la semilla baja al centro de la tierra y muere para dar como don el amor mismo de Dios, es más, el rostro paterno de Dios. Este es el misterio de Nazaret.

3. Los vínculos familiares. Jesús vive en una familia marcada por la espiritualidad judía y por la fidelidad a la ley: «sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de Pascua. Cuando cumplió los doce años, subieron como de costumbre a la fiesta». La familia y la ley son el contexto en el cual Jesús crece en sabiduría y gracia.

La familia judía y la religiosidad judaica, una familia patriarcal y una religión doméstica, con sus fiestas anuales, con el sentido del sábado, con la oración y el trabajo diario, con el estilo de un amor de pareja puro y tierno, permiten comprender que Jesús vivió a fondo su familia.

También nosotros crecemos en una familia humana, dentro de vínculos de acogida que nos hacen crecer y responder a la vida y a Dios. También nosotros llegamos a ser lo que hemos recibido. Elmisterio de Nazaret es el conjunto de todos estos vínculos: la familia y la religiosidad, nuestras raíces y nuestra gente, la vida cotidiana y los sueños para el mañana. La aventura de la vida humana parte de lo que hemos recibido: la vida, la casa, el afecto, la lengua, la fe.

Nuestra humanidad la forja una familia, con sus riquezas y sus miserias.

E. Escucha del Magisterio

La vida de familia conlleva un estilo singular, nuevo, creativo, que hay que vivir y saborear en la pareja y transmitir a los hijos a fin de que transforme el mundo. El estilo evangélico de la vida familiar influye dentro y fuera del ámbito eclesial, haciendo brillar el carisma del matrimonio, el mandamiento nuevo del amor a Dios y al prójimo. De modo sugestivo, Familiaris Consortio n. 64 nos exhorta a redescubrir un rostro más familiar de Iglesia, adoptando «un estilo de relaciones más humano y fraterno».

Estilo evangélico de la vida en familia

Animada y sostenida por el mandamiento nuevo del amor, la familia cristiana vive la acogida, el respeto, el servicio por todo hombre, considerado siempre en su dignidad de persona y de hijo de Dios.

Esto debe ser así, ante todo, dentro y a favor de la pareja y de la familia, mediante el compromiso diario de promover una auténtica comunidad de personas, fundada y alimentada por la interior comunión de amor. Esto debe desarrollarse después dentro del ámbito más vasto de la comunidad eclesial, en la cual la familia cristiana está insertada: gracias a la caridad de la familia, la Iglesia puede y debe asumir una dimensión más doméstica, es decir, más familiar, adoptando un estilo más humano y fraterno de relaciones.

La caridad va más allá de los hermanos de fe, porque «cada hombre es mi hermano»; en cada uno, sobre todo si es pobre, débil, sufre y se le trata injustamente, la caridad sabe descubrir el rostro de Cristo y un hermano al que hay que amar y servir.

Para que la familia viva el servicio del hombre según el estilo evangélico, será necesario poner en práctica con todo cuidado lo que escribe el Concilio Vaticano II: «Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal, es necesario ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se da» (AA 8).
[
Familiaris Consortio, 64]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Nuestra familia es un lugar que acoge y engendra la vida en plenitud en las distintas dimensiones humanas y cristianas?

2. ¿Qué decisiones tomamos para que la familia sea espacio para crecer en sabiduría y gracia de Dios?

3. ¿Qué tipo de vínculos familiares, afectivos, religiosos, alimentan el crecimiento de la pareja y de los hijos?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. ¿Cuáles son los nuevos estilos de vida para la familia de hoy entre trabajo y fiesta?

2. ¿Qué opciones y qué criterios guían nuestra vida diaria?

3. ¿Qué dificultades comunicativas y sociales se deben afrontar para hacer de la familia un lugar de crecimiento humano y cristiano?

4. ¿Cuáles son las dificultades culturales que se encuentran a la hora de transmitir las formas de la vida buena y de la fe?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro.

I. Canto final

ÍNDICE

2. LA FAMILIA ENGENDRA LA VIDA

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

27Y Dios creó al hombre a su imagen,
lo creó a imagen de Dios,
los creó varón y mujer (
Gn 1, 27).

18Y el Señor dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a
hacerle una ayuda adecuada». 19Entonces el Señor Dios modeló
con arcilla del suelo a todos los animales de campo y a todos los
pájaros del cielo, y los presentó al hombre para ver qué nombre
les pondría. Porque cada ser viviente debía tener el nombre que
le pusiera el hombre. 20El hombre puso un nombre a todos los
animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales
del campo; pero entre ellos no encontró la ayuda adecuada.
21Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo
sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró
con carne el lugar vacío. 22Luego, con la costilla que había sacado
del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al
hombre. 23Entonces este exclamó:
«¡Esta sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne!
Se llamará mujer,
porque ha sido tomada del hombre».
24Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer,
y los dos llegan a ser una sola carne (
Gn 2, 18-24)

D. Catequesis bíblica

1. Los creò varón y mujer. ¿Por qué Dios creó al hombre y a la mujer? ¿Por qué quiso que en la pareja humana, más que en cualquier otra criatura, brillase su imagen? El hombre y la mujer que se aman, con todo su ser, son la cuna que Dios ha elegido para depositar Su amor, a fin de que cada hijo y cada hija que nacen en el mundo puedan conocerlo, acogerlo y vivirlo, de generación en generación, alabando al Creador.

En las primeras páginas de la Biblia se ilustra el bien que Dios ha pensado para sus criaturas. Dios creó al hombre y a la mujer iguales en la dignidad pero diferentes: uno varón, la otra mujer. La semejanza unida a la diferencia sexual permite que los dos entren en diálogo creativo, estrechando una alianza de vida. En la Biblia la alianza con el Señor es lo que da vida al pueblo, en relación con el mundo y la historia de toda la humanidad. Lo que la Biblia enseña acerca de la humanidad y de Dios tiene su raíz en la experiencia del Éxodo, en el cual Israel experimenta la cercanía benévola del Señor y se convierte en su pueblo, aceptando esa alianza, la única de la que proviene la vida.

La historia de la alianza del Señor con su pueblo ilumina el relato de la creación del hombre y de la mujer. Son creados para una alianza que no les atañe sólo a ellos, sino que implica al Creador: «lo creó a imagen de Dios, varón y mujer los creó».

La familia nace de la pareja pensada, en su misma diferencia sexuada, a imagen del Dios de la alianza. En esta el lenguaje del cuerpo reviste gran importancia, revela algo de Dios mismo. La alianza que un hombre y una mujer, en su diferencia y complementariedad, están llamados a vivir es a imagen y semejanza del Dios aliado de su pueblo. El cuerpo femenino está predispuesto para desear y acoger el cuerpo masculino y viceversa, pero lo mismo, antes aún, vale para la «mente» y el «corazón». El encuentro con una persona del otro sexo siempre suscita curiosidad, aprecio, deseo de hacerse notar, de dar lo mejor de sí, de mostrar el propio valor, de cuidar, de proteger…; es un encuentro siempre dinámico, cargado de energía positiva, puesto que en la relación con el otro/a nos descubrimos a nosotros mismos y nos desarrollamos. La identidad masculina y femenina resalta especialmente cuando entre él y ella surge la admiración por el encuentro y el deseo de establecer un vínculo.

En el relato de Génesis 2, Adán se descubre varón precisamente en el momento que reconoce a la mujer: el encuentro con la mujer le hace percibir y nombrar su ser hombre. El recíproco reconocimiento del hombre y de la mujer vence el mal de la soledad y revela la bondad de la alianza conyugal. Contrariamente a lo que sostiene la ideología del género, la diferencia de los dos sexos es muyimportante. Es el presupuesto para que cada uno pueda desarrollar la propia humanidad en la relación y en la interacción con el otro.

Mientras los dos cónyuges se donan totalmente el uno al otro, juntos se donan también a los hijos que podrían nacer. Dicha dinámica del don se empobrece cada vez que se hace un uso egoísta de la sexualidad, excluyendo toda apertura a la vida.

2. No es bueno que el hombre esté solo. Para colmar la soledad de Adán, Dios crea para él «una ayuda adecuada». En la Biblia el término «ayuda» en la mayor parte de los casos tiene a Dios como sujeto, hasta llegar a convertirse en un título divino («El Señor está conmigo y me ayuda» Sal117, 7); con «ayuda», además, no se entiende una intervención genérica, sino el auxilio dado frente a un peligro mortal. Creando a la mujer como ayuda adecuada, Dios libra al hombre de la soledad que es un mal que mortifica, y lo inserta en la alianza que da vida: la alianza conyugal, en la cual el hombre y la mujer se donan recíprocamente la vida; la alianza matrimonial, en la cual padre y madre transmiten la vida a los hijos.

La mujer y el hombre son la una para el otro una «ayuda» que «tiene delante», que sostiene, comparte, comunica, excluyendo cualquier forma de inferioridad o de superioridad. La igual dignidad entre hombre y mujer no admite ninguna jerarquía y, al mismo tiempo, no excluye la diferencia. La diferencia permite a hombre y mujer estrechar una alianza y la alianza los hace fuertes.

Lo enseña el libro del Sirácide: «El que consigue una mujer, empieza a hacer fortuna, una ayuda semejante a él y columna de apoyo. Donde no hay valla, la propiedad es saqueada, donde no hay mujer, el hombre gime a la deriva» (36, 26-27).

El hombre y la mujer que se aman en el deseo y en la ternura de los cuerpos, así como en la profundidad del diálogo, se convierten en aliados que se reconocen el uno gracias a la otra, mantienen la Palabra dada y son fieles al pacto, se sostienen para realizar esa semejanza con Dios a la cual, como varón y mujer, están llamados desde la creación del mundo. A lo largo del camino de la vida profundizan el lenguaje del cuerpo y de la Palabra, pues ambos son necesarios como el aire y el agua. Hombre y mujer deben evitar las insidias del silencio, de la distancia y de las incomprensiones.

Con frecuencia los ritmos de trabajo, cuando llegan a ser extenuantes, quitan tiempo y energías al cuidado de la relación entre los esposos: es pues necesario el tiempo de la fiesta que celebra la alianza y la vida.

La creación de la mujer tiene lugar mientras el hombre duerme profundamente. El sueño que Dios hace descender sobre él expresa su abandono a un misterio que le es imposible comprender.

El origen de la mujer queda envuelto en el misterio de Dios, así como es misterioso para toda pareja el origen del propio amor, el motivo del encuentro y de la recíproca atracción que ha llevado a la comunión de vida. Aún así una cosa es segura: en la relación de pareja Dios ha inscrito la «lógica» de su amor, para la cual el bien de la propia vida consiste en darse al otro/a.

El amor de pareja, hecho de atracción, compañía, diálogo, amistad, atención… hunde sus raíces en el amor de Dios, que desde el origen pensó en el hombre y en la mujer como criaturas que se amasen con su mismo amor, aunque la insidia del pecado pueda hacer que su relación sea difícil y ambigua. Lamentablemente el pecado sustituye la lógica del amor, del don de sí mismo con la lógica del poder, del dominio, de la propia afirmación egoísta.

3. Serán una sola carne. Creada de la costilla del hombre, la mujer es «carne de su carne y hueso de sus huesos». Por este motivo, la mujer participa de la debilidad –la carne– del hombre,pero también de su estructura portante –el hueso–. Un comentario del Talmud observa que «Dios no ha creado a la mujer de la cabeza del hombre para que el hombre dominase; no la ha creado de los pies para que estuviera sujeta al hombre, sino que la ha creado de la costilla para que fuera cercana a su corazón». A estas palabras hacen eco las de la «amada» del Cantar de los Cantares: «Ponme como sello en tu corazón…» (8, 6). En estas se expresa la unión profunda e intensa a la cual aspira y a la cual está destinado el amor de pareja.

«¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!»: el hombre pronuncia estas primeras palabras frente a la mujer. Hasta ese momento había «trabajado» dando nombre a los animales, pero permaneciendo todavía solo, incapaz de palabras de comunión.

En cambio, cuando ve a la mujer delante de él, el hombre pronuncia palabras de admiración, reconociendo en ella la grandeza de Dios y la belleza de los afectos. A la comunión rica de estupor, gratitud y solidaridad de un hombre y de una mujer Dios encomienda su creación. Aliándose en el amor serán en el tiempo una «sola carne».

La expresión «sola carne» ciertamente alude al hijo, pero antes aún evoca la comunión interpersonal que implica totalmente al hombre y a la mujer, hasta el punto que constituyen una realidad nueva. Unidos de este modo, el hombre y la mujer podrán y deberán estar dispuestos a la transmisión de la vida, a la acogida, engendrando los hijos pero, asimismo, abriéndose a las formas de la acogida familiar y de la adopción. La intimidad conyugal, en efecto, es el lugar originario que Dios ha predispuesto y querido donde no sólo se engendra y nace la vida humana, sino que es acogida y aprende toda la constelación de los afectos y de los vínculos personales.

En la pareja hay estupor, acogida, entrega, consuelo a la infelicidad y a la soledad, alianza y gratitud por las obras admirables de Dios. Y así se convierte en terreno bueno donde se siembra la vida humana, brota y sale a la luz. Lugar de vida, lugar de Dios: la pareja humana, acogiéndose a la vez y acogiendo al Otro, realiza su destino al servicio de la creación y, haciéndose cada vez más semejante a su Creador, recorre el camino hacia la santidad.

E. Escucha del Magisterio

En la vida de familia las relaciones interpersonales tienen fundamento y reciben alimento del misterio del amor. El matrimonio cristiano, ese vínculo por el cual el hombre y la mujer prometen amarse en el Señor para siempre y con todo su ser, es la fuente que alimenta y vivifica las relaciones entre todos los miembros de la familia. No es casualidad que en los fragmentos siguientes de la Familiaris Consortio y de la Evangelium Vitae, para ilustrar el secreto de la vida doméstica, se repitan varias veces los términos «comunión» y «don».

El amor, fuente y alma de la vida familiar

La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre ellos, de los parientes y de otros familiares.

Dicha comunión arraiga en los vínculos naturales de la carne y de la sangre, y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en el instaurarse y en el madurar de los vínculos todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor, que anima las relaciones interpersonales de los distintos miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la comunión y la comunidad familiar.

Además la familia cristiana está llamada a hacer experiencia de una comunión nueva y original, que confirma y perfecciona la comunión natural y humana. En realidad, la gracia de Jesucristo, «el Primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29), es por su naturaleza y dinamismo interior una «gracia fraterna», como la llama santo Tomás de Aquino (S. Th. II· II·, 14, 2, ad 4). El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los sacramentos, es la raíz viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que reúne y vincula a los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia de Dios. Una revelación y realización específica de la comunión eclesial la constituye la familia cristiana, que también por esto puede y debe llamarse «Iglesia doméstica» (LG, 11; cf. AA, 11).

Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las personas, haciendo de la familia una «escuela de humanidad más completa y rica»: (GS, 52) es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos.
[
Familiaris Consortio, 21]

La familia está llamada en causa a lo largo de la vida de sus miembros, desde el nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente «el santuario de la vida…, el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a los cuales está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano». Por esto, el papel de la familia en la edificación de la cultura de la vida es determinante e insustituible.

Como iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar, celebrar y servir al evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vezmás conscientes del significado de la procreación, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido para ser, a su vez, dado. En la procreación de una nueva vida los padres descubren que el hijo, «si es fruto de su recíproca donación de amor, es a su vez un don para ambos: un don que brota del don».

Es principalmente mediante la educación de los hijos como la familia cumple su misión de anunciar el evangelio de la vida.

Con la palabra y el ejemplo, en las relaciones y decisiones cotidianas, y mediante gestos y expresiones concretas, los padres inician a sus hijos en la auténtica libertad, que se realiza en la entrega sincera de sí, y cultivan en ellos el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un don. La tarea educadora de los padres cristianos debe ser un servicio a la fe de los hijos y una ayuda para que ellos cumplan la vocación recibida de Dios. Pertenece a la misión educativa de los padres enseñar y testimoniar a los hijos el sentido verdadero del sufrimiento y de la muerte.

Lo podrán hacer si saben estar atentos a cada sufrimiento que encuentren a su alrededor y, principalmente, si saben desarrollar actitudes de cercanía, asistencia y participación hacia los enfermos y ancianos dentro del ámbito familiar.
[
Evangelium Vitae, 92]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Cómo vivimos el deseo y la ternura en nuestra relación?

2. ¿Qué obstáculos impiden nuestro camino de alianza profunda?

3. ¿Nuestro amor de pareja está abierto a los hijos, a la sociedad y a la Iglesia?

4. ¿Qué pequeña decisión podemos tomar para mejorar nuestro entendimiento?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. ¿Cómo promover en nuestra comunidad el valor del amor esponsal?

2. ¿Cómo favorecer la comunicación y la ayuda recíproca entre las familias?

3. ¿Cómo ayudar a aquellos que tienen dificultades en la vida de pareja y de familia?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro

I. Canto final

ÍNDICE

3. LA FAMILIA VIVE LA PRUEBA

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

13El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate,
toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate
allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para
matarle».
14El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a
Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera
el oráculo del Señor por medio del profeta:
De Egipto llamé
a mi hijo.

19Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José
en Egipto 20y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre,
y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los
que buscaban la vida del niño». 21Él se levantó, tomó consigo al
niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. 22Pero al enterarse
de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes,
tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de
Galilea, 23y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que
se cumpliese el oráculo de los profetas: Será llamado Nazareno»
(
Mt 2, 13-14.19-23).

D. Catequesis bíblica

1. Un ángel se apareció en sueños a José. Antes o después, de varios modos, la vida de familia es puesta a prueba. Entonces se requiere sabiduría, discernimiento y esperanza, mucha esperanza, a veces más allá de toda humana evidencia. El sufrimiento, el límite y el fracaso forman parte de nuestra condición de criaturas, marcada por la experiencia del pecado, ruina de toda belleza, corrupción de toda bondad. Esto no significa que estemos destinados a sucumbir; es más, la aceptación de esta condición nos estimula a confiar en la presencia benévola de Dios que sabe hacer nuevas todas las cosas.

El pasaje evangélico describe con tonos dramáticos el viaje de una familia, la de Jesús, aparentemente semejante a muchas otras: el pequeño está en peligro, hay que emprender en seguida, de noche, el viaje hacia una tierra extranjera. Así la joven familia se ve obligada a encaminarse por un camino imprevisto, complicado, inquietante. Es lo que sucede también hoy a muchas familias, obligadas a dejar sus casas para poder ofrecer a sus hijos un contexto de vida mejor y para tratar de evitarles los peligros del mundo que los rodea. Pero quizás el relato de la huida a Egipto alude a un hecho más universal, que toca a todas las familias: la necesidad de emprender el viaje que lleve a los padres hacia su madurez y a los hijos a la edad adulta, conscientes de su vocación; lo cual, a menudo acontece al precio de decisiones también dolorosas. Es el viaje del formar familia, del engendrar y educar a los hijos: un camino arduo, difícil, exigente, en el cual las numerosas dificultades de las que ninguna familia es preservada a veces pueden desalentar.

En el relato evangélico Jesús se va siendo un niño y, cuando regresa, adquiere su nombre de adulto: «será llamado Nazareno» (v. 23), título que ya prefigura su destino de cruz; así del viaje de cada familia, en el cual los padres maduran, nacen hijos adultos, capaces de asumir en primera persona su vocación. De este viaje de familia, los actores principales son los padres, especialmente el padre, llamados a predisponer buenas condiciones de vida para los hijos. La necesidad de marcharse es referida a José con el lenguaje de los sueños. En sueños (Mt 1, 20-21) ya se le había anunciado el embarazo de María y le había llegado la invitación a acogerla y tomarla consigo (cf. Mt 1, 20-21).

Sobre José sabemos poco, pero una cosa es segura: «era justo» (Mt 1, 19). La justicia, virtud de las relaciones interpersonales, sitúa en el primer lugar la salvaguardia del prójimo; así José, que era justo, había decidido repudiar a María en secreto en lugar de exponerla al juicio público. En la sencillez de su corazón sabe entrever el plan de Dios y captar en los acontecimientos de la vida de familia la mano divina. Es fundamental saber «escuchar a los ángeles», discernir espiritualmente los acontecimientos y los momentos de nuestra vida familiar, para cuidar, favorecer y restablecer siempre las relaciones.

En efecto, la familia vive de buenas relaciones, de miradas positivas de unos a otros, de estima y de aliento recíprocos, de defensa y protección: de este clima derivan el atento discernimiento y la pronta decisión que pone a salvo la vida de un hijo. Esto vale para toda familia, para las que viven una situación concreta de peligro, pero asimismo para las que se encuentran en situaciones aparentemente más seguras: los padres deben estar atentos a la vida buena de los hijos, protegerles de las insidias y los peligros.

El ángel invita a despertarse, tomar, acoger, huir… y fiarse, permaneciendo en tierra extranjera hasta que lo dice Él, el Señor.

José asume sus responsabilidades, es protagonista de lo que le sucede, pero no se siente solo, porquecuenta con la mirada de Aquel que provee a la vida de los hombres. La confianza en Dios no exime de la reflexión, de la valoración de las situaciones, del complejo recorrido de la decisión, más bien hace posible vivir en todas las situaciones sin desesperarse o resignarse nunca. José está despierto, es capaz de hacer frente a los acontecimientos y proteger la vida de la madre y del niño; pero actúa también en la plena conciencia de que le ayuda la protección eficaz de Dios.

2. Toma contigo al niño y a su madre. José obedece, toma al niño y a su madre y los aleja de la situación de peligro. El rey Herodes, que debía ser garante de la vida de su pueblo, de hecho se ha transformado en el perseguidor del cual huir. También hoy, la familia se enfrenta a insidias peligrosas y solapadas: sufrimiento, pobreza, prepotencia, pero también ritmos de trabajo excesivos, consumismo, indiferencia, abandono y soledad… El mundo entero puede presentarsecomo hostil, adversario de la vida de los más pequeños de muchas formas. Todos los padres querrían hacer que el mundo fuera más fácil, más habitable para sus hijos y mostrarles que la vida es buena y digna de ser vivida.

Los cuidados que dispensamos a los hijos en su primera infancia están motivados por este deseo: los padres se disgustan si sus hijos lloran, sufren y hacen de todo para aliviar su dolor. Hacen lo que pueden a fin de que la vida para sus hijos sea bella, sea un don, sea bendita en nombre de Dios. Este es el significado del viaje a Egipto: la búsqueda de un lugar seguro más allá de la noche, que proteja de las insidias, preserve de la violencia, readmita a la esperanza, permita conservar una buena idea de Dios y de la vida.

A esta obra parece llamado en primer lugar el padre: él es quien se despierta y toma la iniciativa. A José se le encomiendan el hijo y la madre; él sabe que deberá llevarlos a ambos a Egipto, a un lugar seguro. «Toma al niño y a su madre», dice el ángel, dos veces, y el texto retoma otras dos veces estas palabras. Suenan como un aliento a los padres a superar las incertidumbres, a actuar, a hacerse cargo del niño y de la madre. Hoy las ciencias humanas están redescubriendo la importancia decisiva de la figura paterna para el crecimiento integral de los hijos.

El padre –sugiere el texto– encuentra su identidad y su papel cuando custodia a la madre, o bien cuando cuida la relación de pareja. Sabemos bien que el entendimiento de los padres es decisivo para proteger, custodiar, alentar a los hijos; sabemos también cuán difícil es para el hombre custodiar a la mujer de las mil noches de la soledad, del silencio y de las incomunicabilidades. También estas, mirándolo bien, son insidias que hacen la vida más «difícil» para los hijos.

3. Se refugió en Egipto. El viaje de una familia: partir, marcharse de una tierra hostil hacia una más habitable, Egipto, que en su tiempo había sido tierra de esclavitud y sufrimiento, pero también lugar de la revelación del amor del Señor para su pueblo Israel.

Egipto llena de pensamientos la memoria de Israel: es la tierra en la que fueron acogidos Jacob y sus hijos y antes aún su hijo José, vendido por sus hermanos; es la tierra en la que el pueblo sufrió la esclavitud y experimentó la liberación. También Moisés había huido de esa tierra que lo había acogido. El ángel pide a José que ponga a salvo al niño precisamente allí, casi como para decir que, reconsiderado y habitado con esperanza y confianza, incluso un lugar de muerte puede convertirse en una cuna para la vida. Pero para que esto suceda es necesaria la valentía de regresar y la decisión de habitar en aquel lugar difícil, sostenidos por la confianza en el Dios de la vida. La fe en Dios es capaz de hacer nuevas todas las cosas y de restituir vitalidad a las familias.

José parte «de noche». De noche no se ve nada, somos como ciegos; pero se puede escuchar y oír la voz que sostiene y alienta.

Son numerosas las «noches» que caen sobre la vida de familia: las noches pobladas de sueños, buenos y malos; las que ven a la pareja ir a tientas en la oscuridad de una relación que se ha hecho difícil; la de los hijos en crisis, que se encierran en el mutismo, o adoptan una actitud distante, acusadora y rebelde… casi irreconocibles.

Todas estas noches –enseña el relato de la huida a Egipto– se pueden atravesar llevando al hijo a lugar seguro cuanto más se mantienen con confianza los oídos atentos a la Palabra del Señor.

A los padres se les pide que custodien a los hijos de las numerosas noches de su relación, de sus problemas, y de las noches de sus propios hijos, a veces muy dolorosas, a causa de sus decisiones contrarias al bien. Especialmente en estos momentos, el padre se hace cargo del hijo, conservando la certeza, también ante los ojos afligidos de la madre, de que encontrará para él un lugar de refugio.

Este refugio es, con frecuencia, el mismo corazón del padre y de la madre, donde la imagen del hijo se conserva intacta y donde los padres encontrarán la paciencia y la esperanza para seguir amándolo.

Jesús muere en Jerusalén, en la misma tierra de la cual es alejado para ser protegido, por mano del mismo poder del cual sus padres lo liberaron. Llega un momento en la vida de familia en el que los padres deben retirarse. Cuando han cumplido su servicio, acompañando al hijo a reconocer su vocación, es bueno que se hagan a un lado, dejando que se cumpla la voluntad de Dios. La familia no es eterna, y después de haber acompañado al hijo a esperar en la bondad de la vida recibida, debe alentarlos a marcharse, a seguir caminando por su camino. Los padres dan prueba de su sabiduría en la discreción de su presencia, en el hacerse a un lado que nunca es un abandono, sino una forma de estima y de libertad que prepara el futuro del mundo.

También en sueños, José comprende que ha llegado el momento de reconducir a la familia a la tierra de Israel. Sabiamente toma las medidas necesarias, evalúa la situación y decide –iluminado por una misteriosa profecía– establecer su morada en Nazaret, un lugar más seguro respecto a Judea. El sueño es nuevamente lugar de revelación y de victoria contra las hostilidades y la violencia, aunque invisible y casi inconsistente, se convierte en lugar del discernimiento atento y valiente, logrando derrotar la mucho más evidente y sólida arma del poder. Nada puede poner en jaque a la Providencia de Dios, capaz de salvar de las situaciones más difíciles y peligrosas a todos aquellos que se confían a ella. Él está presente en las noches de nuestras familias, y en la trama escondida y a veces oscura de los acontecimientos, teje su designio de salvación.

E. Escucha del Magisterio

El n. 18 de la Familiaris Consortio representa un sugestivo fresco de las «noches de la familia» que caen sobre todas las edades de la vida y las estaciones de la existencia. El texto ayuda a leer, en cada parte del mundo, las peculiares dificultades de las familias en el tiempo actual con la inteligencia de la mente y la compasión del corazón. Recogiendo las preocupaciones pastorales de los Padres del Sínodo, el gran afecto de Juan Pablo II dirige la «mirada» de la Iglesia a leer con amor las fatigas y los sufrimientos por los que pasa la vida familiar y pide también hoy a sus pastores, a los ministerios laicales, a las familias, que enriquezcan la «mirada» de la Iglesia hacia la multitud innumerable que es como «un rebaño sin pastor».

Sostener a la familia en dificultades

Se requiere un compromiso pastoral todavía más generoso, inteligente y prudente, según el ejemplo del Buen Pastor, respecto aquellas familias que –a menudo independientemente de la propia voluntad o presionadas por otras exigencias de distinta naturaleza– deben afrontar situaciones objetivamente difíciles […]

Se trata, por ejemplo, de las familias de los emigrantes por motivos de trabajo; las familias de cuantos se ven obligados a largas ausencias, como, por ejemplo, los militares, los navegantes, los itinerantes de todo tipo; las familias de los presos, de los prófugos y de los exiliados; las familias que en las grandes ciudades viven prácticamente marginadas; las que no tienen casa; las incompletas o mono parentales; las familias con hijos discapacitados o drogados, las familias de alcoholizados; las desarraigadas de su ambiente cultural y social o con riesgo de perderlo; las discriminadas por motivos políticos o por otras razones; las familias ideológicamente divididas; las que no logran tener fácilmente un contacto con la parroquia; las que sufren violencia o tratos injustos con motivo de su fe; las compuestas por cónyuges menores; los ancianos, que con frecuencia se ven obligados a vivir solos y sin los medios adecuados de subsistencia.

Otros momentos difíciles, en los cuales la familia necesita la ayuda de la comunidad eclesial y de sus pastores, pueden ser: la adolescencia inquieta, contestadora y a veces tempestuosa de los hijos; su matrimonio, que los separa de la familia de origen; la incomprensión o la falta de amor de parte de las personas más queridas; el abandono de parte del cónyuge o su pérdida, que abre la dolorosa experiencia de la viudez, de la muerte de un familiar que mutila y transforma en profundidad el núcleo originario de la familia.
[
Familiaris Consortio 77]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Cuáles son las «pruebas» actuales de nuestra familia? ¿Cómo las vivimos?

2. ¿Qué hombre soy para la madre de mis hijos? ¿Qué mujer soy para el padre de mis hijos? ¿Qué padre y madre somos para nuestros hijos?

3. ¿Cómo puede crecer nuestro matrimonio en la confianza y en la esperanza frente a las situaciones de fatiga y sufrimiento?

4. ¿Qué pequeña decisión podemos tomar?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. ¿Cuáles son las principales amenazas a las familias en nuestra sociedad y cultura?

2. ¿Cómo podemos hacer que el mundo sea más habitable para nuestros hijos?

3. ¿Cómo ayudar a nuestra comunidad a fortalecer la esperanza en el futuro?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro

I. Canto final

ÍNDICE

4. LA FAMILIA ANIMA LA SOCIEDAD

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

43Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
44Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por
los que os persigan, 45para que seáis hijos de vuestro Padre celestial,
que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre
justos e injustos. 46Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa
vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos?
47Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de
particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? 48Vosotros,
pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. 1Cuidad
de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser
vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro
Padre que está en los cielos. 2Por tanto, cuando hagas limosna, no
lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en
las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los
hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. 3Tú, en cambio,
cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que
hace tu derecha; 4así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre,
que ve en lo secreto, te recompensará (
Mt 5, 43 - 6, 4).

D. Catequesis bíblica

1. Habéis oído que se dijo… Pues yo os digo. ¿Por qué educar a nuestros hijos a la generosidad, a la acogida, a la gratitud, al servicio, a la solidaridad, a la paz, y a todas aquellas virtudes sociales tan importantes para la calidad humana de su vida?

¿Qué ventaja obtendrán de ello? Quizás no haya crecimiento de riqueza, de prestigio, de seguridad. Y, sin embargo, sólo cultivando estas virtudes los hombres tienen un futuro en la tierra. Estas crecen gracias a la perseverancia de aquellos que, como los padres, educan a las nuevas generaciones al bien. El mensaje cristiano nos alienta a algo más grande, más bello, más arriesgado y más prometedor: la humanidad de la familia, gracias a esa chispa divina presente en ella y que ni siquiera el pecado ha eliminado, puede renovar la sociedad según el designio de su Creador. El amor divino nos impulsa por el camino del amor al enemigo, de la entrega al desconocido, de la generosidad más allá de lo debido. La familia participa de la superabundante generosidad de nuestro Dios: por eso puede mirar más lejos y vivir una alegría mayor, una esperanza más fuerte, una mayor valentía en sus decisiones.

Muchas de las palabras de Jesús recogidas en los Evangelios iluminan la vida familiar. Por lo demás, su sabiduría respecto a la vida humana creció gracias al clima familiar en el cual transcurrió gran parte de su existencia: allí conoció el variado mundo de los afectos, hizo experiencia de la acogida, la ternura, el perdón, la generosidad, la entrega. En su familia constató que es mejor dar que pretender, perdonar que vengarse, ofrecer que aferrar, darse sin escatimar la propia vida. El anuncio del Reino por Jesús nace de su experiencia directa de familia y afecta a todas las relaciones, partiendo precisamente de las familiares, iluminándolas con nueva luz y dilatándolas más allá de los confines de la ley antigua.

Jesús invita a superar una visión egoísta de los vínculos familiares y sociales, a ampliar los afectos más allá del círculo restringido de la propia familia, a fin de que se conviertan en levadura de justicia para la vida social.

La familia es la primera escuela de los afectos, la cuna de la vida humana donde el mal puede ser afrontado y superado. La familia es un recurso precioso de bien para la sociedad. Esta es la semilla de la cual nacerán otras familias llamadas a mejorar el mundo.

Pero puede suceder que los vínculos familiares impidan desarrollar el papel social de los afectos. Sucede cuando la familia retiene para sí misma energías y recursos, encerrándose en la lógica del provecho familiar que no deja ninguna herencia para el futuro de la sociedad.

Jesús quiere liberar a la pareja y a la familia de la tentación de encerrarse en sí mismos: «Si amáis a los que os aman… si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular?». Con palabras revolucionarias, Jesús recuerda a quienes le escuchan la «antigua» semejanza con Dios, invitándolos a dedicarse a los demás según el estilo divino, más allá de los temores y los miedos, más allá de los cálculos y las garantías de un propio provecho.

Dejando maravillado a quien le escucha, Jesús enseña que es posible ser hijos a semejanza del Padre. Él nos libra del torpor de la resignación y del egoísmo y nos dice con fuerza que amar al enemigo y rezar por quien nos persigue está a nuestro alcance, que podemos extirpar la violencia de nuestro corazón perdonando las ofensas, que nuestra generosidad puede superar la lógica económica del simple intercambio.

2. Sed hijos del Padre vuestro que está en los cielos. Jesús pide este estilo de vida singular y revela así que los hombres están destinados precisamente a estas sublimidades. Confía en la enseñanza que las familias, por designio de Dios, son capaces de ofrecer en el camino de su amor.

En la familia se educa a decir «gracias» y «por favor», a ser generosos y a estar disponibles, a prestar las propias cosas, a prestar atención a las necesidades y a las emociones de los demás, a considerar las fatigas y las dificultades de quien tenemos cerca. En las pequeñas acciones de la vida cotidiana el hijo aprende a establecer una buena relación con los demás y a vivir compartiendo.

Promover las virtudes personales es el primer paso para educar a las virtudessociales. En la familia se enseña a los pequeños a prestar sus juguetes, a ayudar a sus compañeros de clase, a pedir amablemente, a no ofender a quien es más débil, a ser generosos en los favores. Para esto los adultos se esfuerzan en dar ejemplo de atención, dedicación, generosidad, altruismo. Así la familia se convierte en el primer lugar donde se aprende el sentido más verdadero de la justicia, de la solidaridad, de la sobriedad, de la sencillez, de la honradez, de la veracidad y de la rectitud, junto a una gran pasión por la historia del hombre y de la ciudad en la que vive, la polis.

Los padres, como José y María, se asombran al ver que los hijos afrontan con seguridad el mundo adulto. Los hijos muestran a veces que pueden ser maestros sorprendentes también para los adultos: «Le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas» (Lc 2, 46-47). Como la familia de Nazaret, cada familia entrega a la sociedad, a través de sus hijos, la riqueza humana que ha vivido, incluida la capacidad de amar al enemigo, de perdonar sin vengarse, de gozar de los éxitos de los demás, de dar más de lo que se nos pide…

También en la familia, de hecho, hay divisiones y laceraciones, también en ella surgen enemigos, y el enemigo puede ser el cónyuge, el padre, el hijo, el hermano o la hermana … Sin embargo, en la familia, amamos, deseamos sinceramente el bien de los demás, sufrimos cuando alguien está mal, aunque se haya comportado como un «enemigo», rezamos por quien ha ofendido, estamos dispuestos a renunciar a nuestras cosas con tal de hacer felices a los demás, comprendemos que la vida es bella cuando se da por el bien de los demás.

La familia constituye la «célula primera y vital de la sociedad» (FC 42), porque en ella se aprende cuán importante es el vínculo con los demás. En la familia nos damos cuenta de que la fuerza de los afectos no puede permanecer confinada «entre nosotros», sino que está destinada al horizonte más amplio de la vida social. Los afectos, si se viven sólo dentro del pequeño núcleo familiar, se consumen y en lugar de dilatar el respiro de la familia, acaban por sofocarlo. Lo que hace vital a la familia es la apertura de los vínculos y la extensión de los afectos que, de lo contrario, encierran a las personas en jaulas mortificadoras.

3. Tu Padre… ve en lo secreto. La custodia de los vínculos y de los afectos familiares está más garantizada cuando somos buenos y generosos con las demás familias, atentos a sus heridas, a los problemas de sus hijos aunque sean distintos de los nuestros. Entre padres e hijos, entre marido y mujer, el bien aumenta en la medida en que la familia se abre a la sociedad, prestando atención y ayuda a las necesidades de los demás. De este modo la familia adquiere motivaciones importantes para desarrollar su función social, convirtiéndose en fundamento y principal recurso de la sociedad. La capacidad de amar adquirida supera a menudo las necesidades de la propia familia. La pareja está disponible para el servicio y la educación de otros muchachos, además de los suyos: también de este modo los padres llegan a ser padres y madres de muchos.

«Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial»: la perfección que acerca a las familias al Padre que está en los cielos es ese «algo más» de vida que se ofrece más allá del propio núcleo familiar, una huella de ese amor superabundante que Dios infunde en sus criaturas.

Numerosas familias abren la puerta de casa a la acogida, se hacen cargo del malestar y de la pobreza de los demás, o simplemente llaman a la puerta de al lado para preguntar si necesitan ayuda, regalan algún vestido todavía en buen estado, hospedan a los compañeros de clase de sus hijos para hacer los deberes… O también, acogen a un niño que no tiene familia, ayudan a mantener el calor familiar donde ha quedado sólo el papá o sólo la mamá, se asocian para sostener a otras familias en las miles dificultades actuales, enseñando a los hijos el recíproco apoyo con quien es diferente por raza, lengua, cultura y religión. Así hacemos que el mundo sea más hermoso y habitable para todos y se gana en calidad de vida, a beneficio de toda la sociedad.

No es casual que el texto evangélico, después de la llamada a la perfección, trate de la limosna, que en los tiempos antiguos, en una economía de subsistencia, era un modo para redistribuir los recursos, una práctica de justicia social. Jesús exhorta a no buscar el reconocimiento de los demás, usando al pobre para ganar prestigio, sino actuar en lo secreto. En lo secreto del corazón el encuentro con Dios confirma la propia identidad de hijo, tan semejante al Padre; una meta alta, aparentemente inalcanzable, que sin embargo gracias a la vida en familia es más cercana.

E. Escucha del Magisterio

La familia aporta como don a la sociedad el precioso fruto del amor gratuito que se muestra con la dulzura, la bondad, el servicio, el desinterés y la estima recíproca. Por otra parte, como muestra el siguiente fragmento de la Familiaris Consortio, la enseñanza magisterial siempre ha querido poner de relieve que la familia, además de ser la escuela de los afectos, se connota como la «primera escuela de virtudes sociales». En efecto, posee una específica y originaria dimensión pública, que influye positivamente en el buen funcionamiento de la sociedad y en la estabilidad de los vínculos sociales.

La tarea social de la familia

La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la vida. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y estos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma. Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a la sociedad, asumiendo su función social.

La misma experiencia de comunión y participación, que debe caracterizar la vida diaria de la familia, representa su primera y fundamental aportación a la sociedad. Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar están inspiradas y guiadas por la ley de la «gratuidad» que, respetando y favoreciendo en todos y cada uno la dignidad personal, como único título de valor, se hace acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda.
[
Familiaris Consortio, 42, 43]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Qué valores aprenden nuestros hijos de nuestro modo de vivir?

2. ¿Qué atención presta nuestra familia a la vida social?

3. ¿Qué ayuda ofrecemos a los pobres y a los necesitados?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. ¿Cuáles son las necesidades más urgentes en nuestra comunidad?

2. ¿Qué podemos hacer en favor de quien se encuentra en condición de necesidad?

3. ¿A qué familias podemos ayudar? ¿Cómo?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro

I. Canto final

ÍNDICE

5. EL TRABAJO Y LA FIESTA EN LA FAMILIA

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

26Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra
semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves
del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que
se arrastran por el suelo».
27Y Dios creó al hombre a su imagen;
lo creó a imagen de Dios,
los creó varón y mujer.
28Y los bendijo diciéndoles:
«Sed fecundos y multiplicaos,
llenad la tierra y sometedla;
dominad a los peces del mar, a las aves del cielo
y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra».
29Y continuó diciendo: «Yo os doy todas las plantas que producen
semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla:
os servirán de alimento». 30«Y a todas la fieras de la tierra, a
todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran
por el suelo, les doy como alimento el pasto verde». Y así sucedió.
31Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno.
Así hubo una tarde y una mañana: este fue el sexto día.

1Así fueron terminados el cielo y la tierra, y todos los seres que
hay en ellos. 2El séptimo día, Dios concluyó la obra que había
hecho, y cesó de hacer la obra que había emprendido. 3Dios bendijo
el séptimo día y lo consagró, porque en él cesó de hacer la
obra que había creado. 4Este fue el origen del cielo y la tierra,
cuando fueron creados (
Gn 1, 26-31; 1-4).

D. Catequesis bíblica

1. Dijo Dios: hagamos al hombre. El relato bíblico de los orígenes presenta la creación del hombre, varón y mujer, como obra de Dios, fruto de su trabajo. Dios crea al hombre trabajando como el alfarero que plasma la arcilla (Gn 2, 7). Y también cuando dará vida a su pueblo Israel, liberándolo de la esclavitud de Egipto y llevándolo hacia la tierra prometida, la obra de Dios se parecerá a la del pastor, que trabaja llevando su rebaño al pasto (cf. Sal 77, 21).

La obra creadora de Dios es acompañada por su Palabra, es más, se realiza mediante su Palabra: «Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza ”… Y Dios creó al hombre a su imagen…». Lo que Dios hace ante todo no se «usa», sino que se contempla. Él mira lo que ha hecho hasta captar su esplendor, goza por la belleza del bien que ha creado. A sus ojos, el trabajo aparece como una obra maestra.

Quien todavía sabe sorprenderse de las maravillas del mundo revive de alguna manera la alegría de Dios. Todavía hoy, para quien sabe mirar con sencillez y fe, la belleza del universo invita a reconocer la mano de Dios y a comprender que no es un producto de la casualidad, sino la obra amorosa del Creador para la criatura humana que, no sólo es «buena» como todas las demás, sino «muy buena».

La palabra que acompaña la creación de Dios no puede faltar tampoco al hombre que trabaja: ¡No debería suceder nunca que el trabajo sofoque al hombre hasta tal punto que lo reduzca al silencio!

Privado del derecho de palabra, el trabajador precipita en la condición del esclavo, al cual se le impide gozar de su trabajo porque el dueño le retiene todo su fruto.

El hombre debe trabajar para poder vivir, pero las condiciones de trabajo deben salvaguardar y, más aún, promover su dignidad de persona.

El mercado del trabajo obliga hoy a no pocas personas, sobre todo si se trata de jóvenes y mujeres, a situaciones de constante incertidumbre, impidiéndoles trabajar con la estabilidad y las seguridades de orden económico y social que son las únicas que pueden garantizar a las jóvenes generaciones la posibilidad de formar una familia y a las familias de engendrar y criar a los hijos.

La oportuna «flexibilidad» del trabajo que requiere la llamada «globalización» no justifica la «precariedad» permanente de aquellos para quienes la «fuerza trabajo» es el único recurso que permite asegurarse para sí y para su familia lo necesario para vivir. Medidas sociales adecuadas y mecanismos de protección deben integrar la economía del trabajo, a fin de que sobre todo las familias que viven los momentos más delicados, como la maternidad, o más difíciles, como la enfermedad y el desempleo, puedan contar con una razonable seguridad económica.

2. Dios les dijo… llenad la tierra y sometedla. El hombre no debe sólo contemplar esta creación «muy buena», sino que también es una llamada a la colaboración. En efecto, para todo hombre el trabajo es una llamada a participar a la obra de Dios y, por esto, un verdadero lugar de santificación. Transformando la realidad, este reconoce que el mundo viene de Dios, el cual lo implica para llevar a cumplimiento la obra buena que Él ha iniciado. Esto significa, por ejemplo, que el grave desempleo fruto de la actual crisis económica mundial, no sólo priva a las familias de los medios de sustentamiento necesarios, sino que, al negar o reducir la experiencia laboral, impide que el hombre se desarrolle plenamente.

El trabajo no debe someter al hombre, sino que el hombre, mediante el trabajo, está llamado a «someter» la tierra (Gn 1, 28).

Todo el globo terrestre está a disposición del hombre a fin de que, mediante su ingenio y compromiso, descubra los recursos necesarios para vivir y haga el debido uso de la tierra. Para este fin, hoy mucho más que en el pasado, no debemos olvidar que la tierra nos la confió Dios como un jardín que cultivar y cuidar (Gn 2, 15).

El uso responsable de los recursos de la tierra, con el fin de obtener un desarrollo sostenible, hoy se ha convertido en una cuestión de primer plano, la «cuestión ecológica». La degradación medio ambiental de numerosas zonas del planeta, el crecimiento de los niveles de contaminación y otros factores negativos como el recalentamiento de la tierra suenan como campanillas de alarma respecto a una dirección del progreso tecnológico-científico que descuida los efectos colaterales de sus empresas. Estudiar políticas industriales, agrícolas y urbanísticas que se centren en el hombre y la salvaguardia de la creación es la condición imprescindible para garantizar a las familias, ya hoy y especialmente en el futuro, un mundo habitable y acogedor.

Después de haber trabajado durante seis días en la creación del mundo y del hombre, el séptimo día Dios descansa. El descanso de Dios recuerda al hombre la necesidad de suspender el trabajo, para que la vida cristiana personal, familiar, comunitaria no se vea sacrificada a los ídolos de la acumulación de riqueza, del hacer carrera, del incremento del poder. No se vive sólo de relaciones de trabajo, funcionales a la economía. Se requiere tiempo para cultivar las relaciones gratuitas de los afectos familiares y de los vínculos de amistad y parentesco.

Lamentablemente en Occidente la cultura dominante tiene tendencia a considerar al individuo sólo más funcional a la sociedad de la producción y de los consumos: mayormente productivo porque está más dispuesto a la movilidad y a la flexibilidad de horarios, consume, en porcentaje, más que aquellos que viven en familia.

3. Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza. Creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26), el hombre, como Dios, trabaja y descansa. El tiempo sereno del descanso y gozoso de la fiesta es asimismo el espacio para dar gracias a Dios, Creador y salvador. Suspendiendo el trabajo, los hombres recuerdan y experimentan que en el origen de su actividad laboral está la acción creativa de Dios. La creatividad humana hunde sus raíces en el Dios Creador: sólo Él crea de la nada.

Descansando en Dios, los hombres encuentran a su vez la justa medida de su trabajo respecto a la relación con el prójimo. La actividad laboral está al servicio de los vínculos más profundos que Dios ha querido para la criatura humana. El pan que se gana trabajando no es sólo para uno mismo, sino que da sustento a los demás con los que se vive. Mediante el trabajo, los cónyuges nutren su relación y la vida de sus hijos. El trabajo, además, es el acto de justicia con el cual las personas participan en el bien de la sociedad y contribuyen al bien común.

Tiempo de gratuidad para las relaciones interpersonales y sociales, el descanso laboral es una ocasión propicia para alimentar los afectos familiares, así como para estrechar vínculos de amistad con otras familias. De hecho, los ritmos de trabajo de hoy, dictados por la economía de los consumos, limitan hasta casi anularlos, especialmente en el caso de ciertas profesiones, los espacios de la vida común, sobre todo en familia. Parece que las condiciones actuales de vida desmientan lo que hasta hace algún tiempo se imaginaba. Se nutría la esperanza de que el progreso tecnológico iba a aumentar el tiempo libre. Los frenéticos ritmos laborales, los viajes para ir al trabajo y volver a casa, reducen drásticamente el espacio para confrontarse y compartir entre los cónyuges y la posibilidad de estar con los hijos. Entre los desafíos más arduos de los países económicamente desarrollados, está el deequilibrar los tiempos de la familia con los del trabajo. En cambio, la tarea difícil de los países en vías de desarrollo es la de aumentar la productividad sin perder la riqueza de las relaciones humanas, familiares y comunitarias, resolver y conciliar la relación familia-trabajo en el contexto de las emigraciones tanto externas como internas en el mismo país.

4. Dios los bendijo… El relato de la creación muestra una estrecha conexión entre el amor conyugal y la actividad laboral: la bendición de Dios, en efecto, concierne a la fecundidad de la pareja y el dominio sobre la tierra. La doble bendición invita a reconocer la bondad de la vida familiar y de la vida laboral. Por tanto, alienta a encontrar la manera de vivir la familia y el trabajo de modo equilibrado y armónico. Hoy no faltan los intentos que van en esta dirección como, por ejemplo, donde es posible y oportuno, el horario de media jornada de trabajo o los permisos y las excedencias compatibles con los deberes laborales, pero correspondientes a las necesidades de la familia. También la flexibilidad de horarios puede favorecer el justo equilibrio entre las exigencias familiares, relativas sobre todo al cuidado de los hijos, y las del trabajo.

La bendición se da a los cónyuges a fin de que sean fecundos y saquen fruto de la fecundidad de la tierra. La familia, bendita por Dios, está llamada reconocer los dones que recibe de Dios. Un modo concreto para hacer memoria de la acción benéfica de Dios, origen de todo bien, es la oración de bendición que la familia recita en las comidas. Recogerse juntos para alabar a Dios y darle gracias por los alimentos es un gesto tan sencillo como profundo: es la expresión de la gratitud al Padre del cielo que provee a sus hijos en la tierra, prodigándoles la gracia de amarse y el pan para vivir.

E. Escucha del Magisterio

No sólo el trabajo, sino el mismo descanso del día de fiesta constituye un derecho fundamental y a la vez un bien indispensable para las personas y sus familias: es lo que afirma la exhortación postsinodal Sacramentum caritatis. El hombre y la mujer valen más que su trabajo: están hechos para la comunión y para el encuentro. El domingo, por lo tanto, se configura no ya como una pausa de la fatiga, que hay que llenar con actividades frenéticas o experiencias extravagantes, sino como el día del descanso que abre al encuentro, permite descubrir al otro, permite dedicar tiempo a las relaciones en familia y con los amigos, y a la oración.

El sentido del descanso y del trabajo

Es particularmente urgente en nuestro tiempo recordar que el día del Señor es también el día de descanso del trabajo. Esperamos con gran interés que la sociedad civil lo reconozca también así, a fin de que sea posible liberarse de las actividades laborales sin sufrir por ello perjuicio alguno.

En efecto, los cristianos, en cierta relación con el sentido del sábado en la tradición judía, han considerado el día del Señor también como el día del descanso del trabajo cotidiano. Esto tiene un significado propio, al ser una relativización del trabajo, que debe estar orientado al hombre: eltrabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al hombre en cuanto se emancipa de una posible forma de esclavitud. Como he afirmado, «el trabajo reviste una importancia primaria para la realización del hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje dominar por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido último y definitivo de la vida». En el día consagrado a Dios es donde el hombre comprende el sentido de su vida y también de la actividad laboral.
[
Sacramentum Caritatis, 74]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Nos sentimos realizados en nuestra actividad laboral?

2. ¿Dialogamos sobre nuestras experiencias de trabajo?

3. ¿El ejercicio de la profesión entra en conflicto con nuestros vínculos conyugales y familiares?

4. ¿Tenemos la costumbre de rezar antes de las comidas? ¿Qué significado damos a la bendición de los alimentos?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. ¿En nuestras comunidades cristianas se presta atención a los problemas del trabajo y de la economía?

2. En la Caritas in veritate Benedicto XVI habla de condiciones para un «trabajo decente» (CV 63): ¿De qué modo podemos comprometernos para garantizar a todos los hombres un trabajo digno?

3. La flexibilidad en el campo del trabajo constituye una oportunidad o un perjuicio?

4. ¿Qué formas de idolatría del trabajo están presentes en la sociedad en la que vivimos?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro

I. Canto final

ÍNDICE

6. EL TRABAJO RECURSO PARA LA FAMILIA

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

10Una mujer fuerte, ¿quién la hallará?
Supera en valor a las perlas.
11Su marido se fía de ella
pues no le faltan riquezas.
12Le trae ganancias, no pérdidas,
todos los días de su vida.
13Busca la lana y el lino
y los trabaja con la destreza de sus manos.
14Es como nave mercante,
que importa el grano de lejos.
15Todavía de noche, se levanta
a preparar la comida a los de casa
y repartir trabajo a las criadas.
16Examina un terreno y lo compra,
con lo que gana planta un huerto.
17Se ciñe la cintura con firmeza
y despliega la fuerza de sus brazos.
18Comprueba si van bien sus asuntos,
y aún de noche no se apaga su lámpara.
19Aplica sus manos al huso,
Con sus dedos sostiene la rueca.
20Abre sus manos al necesitado,
y tiende sus brazos al pobre.
21Si nieva, no teme por los de casa,
pues todos llevan trajes forrados.
22Ella misma se hace las mantas,
se viste de lino y de púrpura.
23En la plaza respetan al marido,
cuando está con los jefes de la ciudad.
24Teje prendas de lino y las vende,
provee de cinturones a los comerciantes.
25Se viste de fuerza y dignidad,
sonríe ante el día de mañana.
26Abre la boca con sabiduría,
su lengua enseña con bondad.
27Vigila la marcha de su casa,
no come su pan de balde.
28Sus hijos se levantan y la llaman dichosa,
su marido proclama su alabanza:
29«Hay muchas mujeres fuertes,
pero tú las superas a todas».
30Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura;
la mujer que teme al Señor merece alabanza.
31Cantadle por el éxito de su trabajo,
que sus obras la alaben en público.
(
Pr 31, 10-31).

D. Catequesis bíblica

1. Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? En el retrato del libro de los Proverbios, la actividad de la mujer asume un valor de importancia primordial en la economía doméstica y familiar. La mujer, figura de la sabiduría humana y divina a la vez, expresa a través de su trabajo la genialidad creativa de toda la humanidad. Las cualidades atribuidas a la mujer, de hecho, pueden valer para todas las personas llamadas al sentido de responsabilidad para con la familia y el trabajo.

El cuadro que aquí se delinea es el de la mujer ideal, que vive relaciones buenas en el seno de la familia. Confiando en la habilidad organizativa y en la actividad laboral de la mujer, en Israel el marido podía dedicarse a la profesión de juez, un papel que correspondía a los hombres sabios, normalmente a los ancianos que con el tiempo habían adquirido la sabiduría.

Esta división de las tareas domésticas y profesionales ilumina la importancia del común acuerdo entre marido y mujer a la hora de planificar el trabajo de ambos: a cada uno se le pide que procure que elotro pueda expresar mejor sus talentos. A su vez la sociedad debe dar a la familia todo el sostén posible, para que los cónyuges tengan la posibilidad de tomar libre y responsablemente sus decisiones laborales.

También los hijos, junto con el marido, alaban a la madre, exaltando sus dotes. En sus rasgos ciertamente idealizados, este cuadro familiar se ofrece como un modelo en el que inspirarse y encontrar estímulo.

La familia ejemplar vive en el temor de Dios y pone en Él su confianza. La prosperidad de la que goza, reconocida como don divino, es custodiada y valorada en la laboriosidad cotidiana.

La mujer se da cuenta de la responsabilidad que se le ha confiado y se aplica sin ahorrar energías para corresponder a la tarea que se le ha pedido. Con su actitud, invita a todos a ser responsables de las propias acciones, pero también a cuidar de los demás miembros de la familia y a preocuparse de la vida social contribuyendo al bien común. Los dones y las dotes personales son al mismo tiempo una responsabilidad con Dios y con el prójimo. El pensamiento corre a la parábola de los talentos, que se dan a cada uno para que los multiplique (cf. Mt 25, 14-30).

2. Todavía de noche, se levanta. El hecho de que la mujer se levante de noche y su trabajo nocturno describen un celo que elimina toda forma de pereza. La laboriosidad de la mujer, distante de toda negligencia, se subraya más veces a lo largo del texto observando que ella «vigila la marcha de su casa, no come su pan de balde».

Toda persona está llamada a vigilar constantemente para no ceder a la tentación de la pereza, faltando a sus responsabilidades y descuidando sus compromisos.

El retrato de la mujer ideal, ajena a cualquier forma de pereza, es el icono de quien no teme fatiga y sacrificios porque sabe que el dispendio de sus energías no es vano sino que tiene un sentido. Con su trabajo, en efecto, provee a las necesidades de su familia y es capaz de socorrer también al pobre y al mendigo.

Este ejemplo, siempre actual, interpela la vida familiar. Entre las responsabilidades de la familia está la de abrirse a las necesidades de los demás, ya sean cercanos o lejanos. La atención a los pobres es una de las formas de amor al prójimo más hermosas que puede vivir una familia. Saber que con el propio trabajo se ayuda a quien no tiene lo necesario para vivir fortalece el compromiso y sostiene en la fatiga. Por otro lado, dar lo que se posee a quien no tiene nada, compartir con los pobres las propias riquezas significa reconocer que todo lo que hemos recibido es gracia, y que en el origen de nuestra prosperidad, en cualquier caso, está un don de Dios, que no podemos retener para nosotros, sino que debemos hacer partícipes a los demás.

Con esta actitud se promueve la justicia social y se contribuye al bien común, contestando la posesión egoísta de la riqueza y contrastando la indiferencia por el bien común.

3. Abre la boca con sabiduría. Una cualidad característica de la familia ideal es la de abstenerse del cotilleo. ¿De qué se habla en la familia? ¿Cuál es el contenido de las conversaciones? El atractivo de la mujer retratada en el libro de los Proverbios radica también en el hecho de que «abre la boca con sabiduría, su lengua enseña con bondad». Los padres tienen la tarea de enseñar a los hijos a cumplir el bien y a evitar el mal y, asimismo, a apreciar el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.La coherencia de vida de los padres fortalece su enseñanza y la hace verdadera, especialmente cuando se refiere al bien que hay que hacer y al amor que hay que vivir. El modelo de quien vive lo que enseña es perennemente válido y, sobre todo hoy, conserva toda su inigualable eficacia.

La comunicación actual a menudo es distorsionada: se dicen palabras y se lanzan mensajes con la ligereza de quien no se asume ninguna responsabilidad por las consecuencias de lo que afirma. La persona responsable busca la verdad de los hechos y habla de aquello de lo que está convencida. La sabiduría bíblica invita a rehuir la mentira y a evitar las conversaciones vanas. La familia cristiana, escuchando la Palabra de Dios, tiene la gran responsabilidad de testimoniarla fielmente, evitando que se vea sofocada por tantas palabras inútiles.

En una sociedad donde la comunicación distorsionada y mentirosa está en el origen de numerosos sufrimientos e incomprensiones, la familia puede convertirse en el contexto propicio para la educación a la sinceridad y a la verdad. Admitir los propios errores, pidiendo perdón y asumiendo coherentemente las propias responsabilidades, no es en absoluto un estilo de vida espontáneo, al cual educar a los hijos desde la más tierna edad.

Hablando con sabiduría, la mujer ideal sólo «enseña con bondad».
La sabiduría de la Palabra consiste en
dar voz al bien, evitando conversaciones sólo de crítica que arruinan el diálogo familiar. Para ello, es preciso dejar que la escucha de la Palabra de Dios, iluminando y enriqueciendo la calidad de la comunicación, haga que la vida familiar sea más evangélica.

4. Sonríe ante el día de mañana. La vida familiar, y de la mujer dentro de la familia, no es tan fácil ni está al alcance de la mano, como parece en la descripción ideal del libro de los Proverbios.

Cuando, por ejemplo, la mujer se ve obligada a un doble trabajo, dentro y fuera de casa. Esto hace que, por ejemplo, sea de decisiva importancia, tanto desde el punto de vista práctico como afectivo, que los cónyuges compartan las tareas educativas y colaboren en las tareas domésticas. Hoy día, para numerosas familias la presencia de los abuelos resulta más valiosa que nunca y, sin embargo, se corre el riesgo de que su aportación a la vida familiar sea demasiado poco reconocida y excesivamente explotada.

El atractivo de la mujer que sonríe ante el día de mañana, recordando así la esperanza para el futuro, es de gran actualidad.

Aun con sus fatigas cotidianas, numerosas familias representan un auténtico signo de esperanza para nuestra sociedad. La virtud de la esperanza tiene su origen en el encomendarse confiadamente a la Providencia divina.

Es más que un deber mostrar gratitud para con toda mujer y madre: «Cantadle –observa el libro de los Proverbios– por el éxito de su trabajo». El trabajo doméstico de cuidado de la casa, de educación de los niños, de asistencia de los ancianos y de los enfermos, tiene un valor social mucho más elevado del de muchas profesiones laborales, que por otra parte están bien retribuidas. La insustituible contribución de la mujer a la formación de la familia y al desarrollo de la sociedad está todavía a la espera del debido reconocimiento y la adecuada valoración.

La familia es el contexto para la formación de muchas virtudes, es también escuela de reconocimiento por el compromiso de los padres, llevado a cabo con gratuidad y amor. Aprender a decir «gracias» no es en absoluto algo que se pueda dar por descontado y, sin embargo, totalmente indispensable.

«Don y responsabilidad» constituyen el binomio dentro del cual se sitúa el trabajo de la familia y de cada uno de sus miembros. Todos están llamados a reconocer los dones que han recibido de Dios, a poner los suyos a disposición de los demás y a valorar los de los demás. Cada cual es responsable de la vida de los demás: con el trabajo provee al bien de todos en la familia y puede asimismo contribuir a las personas necesitadas. Viviendo así, los afectos y los vínculos familiares se dilatan hasta llegar a reconocer en todo hombre y mujer a un hermano y a una hermana, todos hijos del mismo Padre.

E. Escucha del Magisterio

El trabajo es un recurso para la familia, en dos sentidos: porque constituye una fuente de sostén y de desarrollo de la familia y, al mismo tiempo, es un lugar en el cual se ejerce la solidaridad entre las familias y entre las generaciones. La enseñanza de la Iglesia sugiere mantener en relación el trabajo con la familia. Por lo demás, ¿qué modelo de desarrollo podríamos imaginar sin la familia que recoge sus frutos y que a través de las propias decisiones generativas orienta los desarrollos posteriores? Laborem Exercens propone la correlación del trabajo con la familia y nos recuerda que «la familia es, al tiempo mismo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela interior de trabajo para todo hombre».

Trabajo y familia

El trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre. Estos dos ámbitos de valores –uno relacionado con el trabajo y otro consecuente con el carácter familiar de la vida humana– deben unirse entre sí correctamente y compenetrarse correctamente. El trabajo es, en cierto sentido, una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que esta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo.

Trabajo y laboriosidad condicionan a su vez todo el proceso de educación dentro de la familia, precisamente porque cada uno “se hace hombre”, entre otras cosas, mediante el trabajo, y ese hacerse hombre expresa precisamente el fin principal de todo el proceso educativo.

Evidentemente aquí entran en juego, en cierto sentido, dos significados del trabajo: el que permite la vida y sustentamiento de la familia, y aquel por el cual se realizan los fines de la familia misma, especialmente la educación.

No obstante, estos dos significados del trabajo están unidos entre sí y se complementan en varios puntos. En suma, se debe recordar y afirmar que la familia constituye uno de los puntos de referencia más importantes, según los cuales debe formarse el orden socio-ético del trabajo humano. La doctrina de la Iglesia ha dedicado siempre una atención especial a este problema y en el presente documento convendrá que volvamos sobre él. En efecto, la familia es, al mismo tiempo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela interior de trabajo para todo hombre.
[
Laborem Exercens, 10]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Damos gracias al Señor por el trabajo que nos permite mantener a nuestra familia?

2. ¿Qué relación existe entre el hecho de que seamos trabajadores y nuestra vocación de cónyuges y padres?

3. ¿Las tareas domésticas y el cuidado de los hijos son compartidos por ambos?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. ¿En el mundo del trabajo subsisten discriminaciones injustas entre hombres y mujeres, entre mujeres solteras y casadas?

2. Qué papel educativo pueden desempeñar la familia, la escuela y la parroquia a la hora de formar a los jóvenes en el valor de la laboriosidad y de la responsabilidad social?

3. ¿Cómo recuperar hoy la solidaridad en el mundo del trabajo? ¿Qué ayuda puede dar la Iglesia?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro

I. Canto final

ÍNDICE

7. EL TRABAJO DESAFÍO PARA LA FAMILIA

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

8Luego plantó el Señor Dios un jardín en Edén, al oriente, y puso
allí al hombre que había formado. 9El Señor Dios hizo brotar del
suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para
comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol del
conocimiento del bien y del mal. 10De Edén salía un río que
regaba el jardín, y desde allí se dividía en cuatro brazos. 15Tomó,
pues, el Señor Dios al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para
que lo cultivara y lo cuidara (
Gn 2, 8-10.15).

17Al hombre le dijo: «Porque hiciste caso a tu mujer y comiste del
árbol que yo te prohibí, maldito sea el suelo por tu culpa:
con fatiga sacarás de él tu alimento
todos los días de tu vida.
18Te producirá cardos y espinas
y comerás la hierba del campo.
19 Ganarás el pan con el sudor de tu frente,
hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado.
¡Porque eres polvo y al polvo volverás!» (
Gn 3, 17-19).

D. Catequesis bíblica

1. El Señor Dios plantó un jardín en Edén. El jardín en Edén es un don que viene de las manos de Dios, un lugar espléndido, rico de agua que irriga todo el mundo. La primera tarea que Dios confía al hombre después de haberlo creado es trabajar en su jardín, cultivándolo y cuidándolo. El hálito de vida que Dios ha infundido en la humanidad, la enriquece de creatividad y de fuerza, de genialidad y de vigor, a fin de que sea capaz de colaborar en la obra de su creación.

Dios no guarda celosamente su obra, sino que la pone a disposición de los hombres, sin ninguna desconfianza y con gran generosidad. No sólo confía a su cuidado todas las demás criaturas, sino que dona a los hombres el espíritu, a fin de que participen activamente en su creación, plasmándola según su designio. El espíritu es la singularidad que Dios ha puesto en la criatura humana para que se haga cargo, para Él y con Él, de toda la creación.

Los hombres no han sido creados, como sostenían algunas religiones del Antiguo Oriente, para sustituir el trabajo de los dioses o para ser sus esclavos en los servicios más humildes. Dios quiso a la humanidad para que se hiciera cargo de la naturaleza creada colaborando activamente en su obra creativa.

En la tradición bíblica el trabajo manual goza de una gran consideración y en las escuelas rabínicas se combina con el estudio.

Hoy frente a un desprecio creciente por algunos tipos de profesiones, especialmente artesanales, es más oportuno que nunca redescubrir la dignidad del trabajo manual. La custodia y el cultivo del jardín terrestre encomendado por Dios a la humanidad no concierne sólo a la mente y al corazón, sino que usa también las manos. El trabajo agrícola y la producción artesanal e industrial siguen siendo dos fundamentos del trabajo a través de los cuales los hombres contribuyen al desarrollo de cada persona y de toda la sociedad. Como dice la Laborens Exercens, 9: «El trabajo es un bien del hombre –es un bien de su humanidad– porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido “ se hace más hombre”».

2. El Señor Dios tomó al hombre y le puso en el jardín de Edén. Dios no sólo planta un jardín, sino que pone al hombre a vivir en él. Da el jardín terrestre a los hombres a fin de que vivan en comunión entre ellos y, trabajando, se hagan cargo de sus vidas recíprocamente. El trabajo no es castigo divino, como se imaginaba en los mitos antiguos, ni condición de esclavitud, como se pensaba en la cultura greco-romana: es más bien una actividad constitutiva de todo ser humano. El mundo espera que los hombres se pongan a trabajar. Tienen la posibilidad y la responsabilidad de realizar en el mundo creado el designio de Dios Creador. En esta óptica, el trabajo es una forma según la cual el hombre vive su relación con Dios y su fidelidad a Él.

El trabajo, por tanto, no es la finalidad de la vida: conserva su justa medida de medio. El fin es la comunión y la corresponsabilidad de los hombres con su Creador. Si el trabajo se convierte en un fin, la idolatría del trabajo ocuparía el puesto de la colaboración que Dios pide a los hombres. A estos no se les pide simplemente que trabajen, sino que trabajen «labrando y cuidando» la creación divina. El hombre no trabaja autónomamente, sino que colabora a la obra de Dios. Su colaboración, por otro lado, es activa y responsable, de modo que, rehuyendo la pereza y ejerciendo la laboriosidad, «labra y cuida» la tierra «trabajando».

El trabajo previsto para el hombre en el jardín de Edén es el del campesino, que consiste principalmente en cuidar la tierra a fin de que la semilla sembrada muestre toda su fertilidad, dando fruto abundante. Promover la creación sin alterarla, respetar las leyes inscritas en la naturaleza, ponerse al servicio de la humanidad, de todo hombre y mujer creados a imagen y semejanza de Dios, actuar para liberarlos de cualquier forma de esclavitud, incluida la laboral: son algunas de las tareas asignadas al hombre a fin de que contribuya a hacer de la humanidad una única gran familia.

3. Para que lo cultivara y lo cuidara. Mientras que en el primer relato de la creación (Gn 1) se anuncia que el hombre dominará sobre los animales y someterá la tierra, en el segundo relato (Gn2) se alude más bien a la siembra y al cultivo. Y, aunque en la primera narración no se hace referencia a un dominio despótico, sino más bien al generoso señorío del soberano que sabia y equitativamente procura el bien de su pueblo, en el segundo se hace referencia a la paciencia y a la esperanza, durante la espera de los frutos.

Durante el tiempo de la espera, se pide al hombre la virtud de la fidelidad, semejante a la que se pedía a aquellos que, en Israel, prestaban servicio religioso en el templo. La laboriosidad del hombre exige además la humildad del campesino que observa la tierra para adivinar cómo es mejor cultivarla, al igual que la modestia del carpintero que trabaja la madera respetando sus vetas.

La explotación justa de los recursos terrestres implica la salvaguardia de la creación y la solidaridad con las futuras generaciones. Una máxima india enseña que «nunca deberíamos pensar que hemos heredado la tierra de nuestros padres, sino que la hemos tomado prestada de nuestros hijos». La tarea de cuidar la tierra exige el respeto de la naturaleza, en el reconocimiento del orden deseado por su Creador.

De ese modo, el trabajo humano escapa a la tentación de dilapidar las riquezas y arruinar la belleza del planeta tierra y, en cambio, hace que sea, según el sueño de Dios, el jardín de la convivencia y de la convivialidad de la familia humana, bendita por el Padre celestial.

4. Ganarás el pan con el sudor de tu frente. El riesgo de que el trabajo se convierta en un ídolo vale también para la familia. Esto sucede cuando la actividad laboral detiene la primacía absoluta respecto a las relaciones familiares, cuando ambos cónyuges se dejan deslumbrar por el beneficio económico y basan su felicidad solamente en el bienestar material. El riesgo de los trabajadores, en todas las épocas, es olvidarse de Dios, dejándose absorber completamente por las ocupaciones mundanas, con la convicción de que en estas se encuentra la satisfacción de todo deseo. El justo equilibrio laboral, capaz de evitar estas derivas, requiere el discernimiento familiaracerca de las decisiones domésticas y profesionales. Al respecto, es injusto el principio que delega el trabajo doméstico y el cuidado de la casa sólo a la mujer: toda la familia debe participar en este compromiso según una distribución equitativa de las tareas. Por lo que se refiere, en cambio, a la actividad profesional, ciertamente es oportuno que los cónyuges se pongan de acuerdo para evitar ausencias demasiado prolongadas de la familia. Lamentablemente, la necesidad de proveer al sustento de la familia demasiado a menudo no da a los cónyuges la posibilidad de elegir con sabiduría y armonía.

El descuido de la vida religiosa y familiar contraviene el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, que Jesús indicó como el primero y el mayor (cf. Mc 12, 28-31). Reconocer su amor de Padre con todos sus dones, vivir en ese horizonte es lo que Dios desea para toda familia humana. Reconocer el amor del Padre que está en los cielos y vivirlo en la tierra es la vocación propia de toda familia.

La fatiga forma parte integrante del trabajo. En la época actual del «todo y en seguida», la educación a trabajar «sudando» resulta providencial. La condición de la vida en la tierra, sólo provisional y siempre precaria, contempla también para la familia fatiga y dolor, sobre todo por lo que se refiere al trabajo que hay que realizar para mantenerse. La fatiga laboral, sin embargo, encuentra sentido y alivio cuando se asume no para el propio enriquecimiento egoísta, sino para compartir los recursos de vida, dentro y fuera de la familia, especialmente con los más pobres, en la lógica del destino universal de los bienes.

A veces los padres se exceden a la hora de evitar cualquier fatiga a los hijos. No deben olvidar que la familia es la primera escuela de trabajo, donde se aprende a ser responsables, de cara a sí mismos y a los demás, del ambiente común de vida. La vida familiar, con sus obligaciones domésticas, enseña a apreciar la fatiga y a robustecer la voluntad con vistas al bienestar común y al bien recíproco.

E. Escucha del Magisterio

El cristiano reconoce el valor del trabajo, pero sabe ver en este también las deformaciones que ha introducido el pecado. La familia cristiana, por tanto, acoge el trabajo como una providencia para su vida y la vida de sus familiares. Pero evita hacer del trabajo un valor absoluto y considera esta tendencia, hoy tan generalizada, como una de las tentaciones idolátricas de la época. No se limita a afirmar una convicción distinta. Organiza su vida de modo que resalte una prioridad alternativa. Hace suya la preocupación del punto 9 de la Laborem Exercens, para que en el «trabajo, mediante el cual la materia es ennoblecida, el hombre mismo no sufra mengua en su propia dignidad».

Trabajo: un bien para la persona y su dignidad

No obstante, con toda esta fatiga –y quizás, en cierto sentido, debido a ella– el trabajo es un bien del hombre. Si este bien conlleva el signo de un “bonum arduum”, según la terminología de santo Tomás; esto no quita que, en cuanto tal, sea un bien del hombre. Y no sólo es un bien “útil” o “para disfrutar”, sino un bien “digno”, es decir, que corresponde a la dignidad del hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta. Queriendo precisar mejor el significado ético del trabajo, se debe tener presente ante todo esta verdad. […]

Si se prescinde de esta consideración, no se puede comprender el significado de la virtud de la laboriosidad y más en concreto no se puede comprender por qué la laboriosidad debería ser una virtud: en efecto, la virtud, como actitud moral, es aquello por lo que el hombre llega a ser bueno como hombre. Este hecho no cambia para nada nuestra justa preocupación, a fin de que en el trabajo, mediante el cual la materia es ennoblecida, el hombre mismo no sufra mengua en su propia dignidad. Además, es sabido que se puede usar de diversos modos el trabajo contra el hombre, que se puede castigar al hombre con el sistema de trabajos forzados en los campos de concentración, que se puede hacer del trabajo un medio de opresión del hombre, que, en fin, se puede explotar de diversos modos el trabajo humano, es decir, al hombre del trabajo. Todo esto da testimonio en favor de la obligación moral de unir la laboriosidad como virtud con el orden social del trabajo, que permitirá al hombre «hacerse más hombre» en el trabajo, y no degradarse a causa del trabajo, perjudicando no sólo sus fuerzas físicas (lo cual, al menos hasta cierto punto, es inevitable), sino, sobre todo, menoscabando su propia dignidad y subjetividad.
[
Laborem Exercens, 9]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Sabemos sostenernos en nuestras respectivas fatigas profesionales?

2. ¿Buscamos con interés ocasiones en las que desempeñar juntos un trabajo manual?

3. ¿Nuestros hijos comprenden la fatiga del trabajo y el valor del dinero ganado con empeño y esfuerzo?

4. ¿Sabemos compartir los ingresos de nuestro trabajo también con los pobres?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. ¿Cómo incide la crisis económica en la vida de nuestras familias?

2. ¿En nuestras comunidades cristianas nos preocupamos por cuantos no tienen empleo, o bien tienen un trabajo precario, poco retribuido o insalubre?

3. ¿Qué decisiones concretas puede tomar la familia para educar a los más pequeños a la «salvaguardia de la creación»?

4. ¿Existen todavía formas de esclavitud en el mundo laboral? ¿Cómo vencerlas, afrontarlas y superarlas?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro

I. Canto final

ÍNDICE

8. LA FIESTA TIEMPO PARA LA FAMILIA

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

1Así fueron terminados el cielo y la tierra, y todos los seres que hay
en ellos. 2El séptimo día, Dios concluyó la obra que había hecho, y
cesó de hacer la obra que había emprendido. 3Dios bendijo el séptimo
día y lo consagró, porque en él cesó de hacer la obra que
había creado. 4Este fue el origen del cielo y la tierra, cuando fueron
creados. (
Gn 2, 1-4a)

8Recuerda el día del sábado para santificarlo. 9Seis días trabajarás y
harás todos tus trabajos; 10pero el día séptimo es día de descanso
para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni
tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que
habita en tu ciudad. 11Pues en seis días el Señor hizo el cielo y la tierra,
el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso
bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado. (
Ex 20, 8-11).

D. Catequesis bíblica

1. El séptimo día de la creación. El hombre moderno ha creado el tiempo libre y ha perdido el sentido de la fiesta. Es preciso recuperar el sentido de la fiesta y, en particular, del domingo, como «un tiempo para el hombre», es más, un «tiempo para la familia».

Volver a encontrar el corazón de la fiesta es decisivo también para humanizar el trabajo, para darle un significado que no lo reduzca a ser una respuesta a la necesidad, sino que lo abra a la relación y al compartir: con la comunidad, con el prójimo y con Dios.

El séptimo día es para los cristianos el «día del Señor», porque celebra a Cristo resucitado presente y vivo en la comunidad cristiana, en la familia y en la vida personal. Es la pascua semanal. El domingo no rompe la continuidad con el sábado judío, al contrario, lo lleva a cumplimiento. Por tanto, para comprender la singularidad del domingo cristiano es necesario referirse al sentido del mandamiento del sábado. Para santificar la fiesta, según el mandamiento, el pueblo de Dios debe dedicar un tiempo reservado a Dios y al hombre. En el Antiguo Testamento el séptimo día de la creación y la ley de santificar el sábado están fuertemente entrelazados. El mandamiento del sábado, que reserva un tiempo para Dios, custodia también su intención de crear un tiempo para el hombre.

Después de la obra de los seis días, el descanso es el cumplimiento de la obra creadora de Dios. En el primer día Dios establece la medida del tiempo con la alternancia de noche y día; en el cuarto día Dios crea los luceros, el sol y la luna, para que «valgan de señales para solemnidades, días y años» (Gn 1, 14), en el séptimo día Dios «cesa de toda la labor que hiciera». El inicio, el centro y el final de la semana de la creación están marcados por el tiempo, que tiene su fin en el día de Dios. El séptimo día es el momento del descanso y comunica la bendición a toda la creación. No sólo interrumpe la actividad humana, sino que da la fecundidad conectada con el descanso de Dios. De este modo el culto y la fiesta dan sentido al tiempo humano. A través del culto, el tiempo pone al hombre en comunión con Dios y Dios entra en la historia del hombre.

El séptimo día custodia el tiempo del hombre, su espacio de gratuidad y relación.
La
fiesta como «tiempo libre» se vive hoy en el marco del «fin de semana» que tiende a dilatarse cada vez más y asume características de dispersión y de evasión. El tiempo del fin de semana, particularmente agitado, sofoca el espacio del domingo. En lugar del descanso, se privilegia la diversión, la huida de las ciudades, y esto influye en la familia, sobre todo si tiene hijos adolescentes y jóvenes. Le cuesta encontrar un momento doméstico de serenidad y de cercanía. El domingo pierde la dimensión familiar: se vive más como un tiempo «individual» que como un espacio «común». El tiempo libre a menudo se convierte en un día «móvil» y corre el riesgo de dejar de ser un día «fijo» para adaptarse a las exigencias del trabajo y de su organización.

No se descansa sólo para volver al trabajo, sino para hacer fiesta. Es oportuno, más que nunca, que las familias redescubran la fiesta como lugar del encuentro con Dios y de la proximidad recíproca, creando el clima familiar sobre todo cuando los hijos son pequeños.

El clima que se vive en los primeros años de la casa natal queda grabado para siempre en la memoria del hombre. También los gestos de la fe en el domingo y en las festividades anuales deben marcar la vida de la familia, dentro de casa y en la participación en la vida de la comunidad. «No es tanto Israel que ha custodiado el sábado, –se ha dicho– sino que es el sábado que ha custodiado a Israel». Así, también el domingo cristiano custodia a la familia y a la comunidad cristiana que la celebra, porque abre al encuentro con el misterio santo de Dios y renueva las relaciones familiares.

2. El mandamiento de santificar el sábado. El tercer mandamiento del decálogo recuerda la liberación de Egipto, el don de la libertad que constituye a Israel como pueblo. Es un «signo perenne» de la alianza entre Dios y el hombre, del cual participa toda existencia, incluso la vida animal. Participa también la tierra (que tiene su descanso en el séptimo año) y toda la creación (el jubileo, el sábado de los años) (Lv 25, 1-7 y 8-55). El sábado del decálogo, por tanto, tiene un significado social y liberador. El mandamiento no está motivado sólo con la obra creadora, sino también con la acción redentora: «Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que el Señor tu Dios te sacó de allí… El Señor tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado» (Dt 5, 15). Obra de la creación y memorial de la liberación van unidas.

«Guardar el sábado» significa llevar a cabo un «éxodo» para la libertad del hombre, pasando de la «esclavitud» al «servicio». Durante seis días el hombre servirá trabajando duro, pero el séptimo cesará el trabajo servil a fin de que pueda servir en la gratitud y en la alabanza. El sábado, por tanto, nos arranca del servicio/esclavitud para introducirnos en el servicio/libertad.

En la Liturgia encontramos una estupenda oración (oración sobre las ofrendas del XX Domingo) que nos puede ayudar a encontrar de nuevo la fiesta como cumplimiento del trabajo del hombre: «Acepta, Señor, nuestros dones, en los que se realiza un admirable intercambio [entre nuestra pobreza y tu grandeza], para que, al ofrecerte lo que tú nos diste, merezcamos recibirte a ti mismo».

El texto invoca el prodigioso encuentro entre nuestra pobreza y la grandeza de Dios. Este intercambio se realiza en el encuentro entre el trabajo y la fiesta, entre la dimensión «productiva» y la dimensión «gratuita» de la vida. En casa y en la comunidad cristiana, la familia experimenta la alegría de transformar la vida de todos los días en liturgia viva. En la oración en casa, la pareja prepara e irradia la celebración litúrgica festiva. Si los hijos ven que los padres rezan antes que ellos y con ellos, aprenderán a rezar en la comunidad eclesial.

3. La oración de las ofrendas, que acabamos de recordar, concluye así: merezcamos recibirte a ti mismo. La invocación pide a Dios no sólo la salud, la serenidad, la paz familiar, sino nada menos que su persona. El sentido de la fatiga de los días laborables es transformar nuestro trabajo en ofrenda agradable, como reconocimiento de los dones que hemos recibido: la vida, el cónyuge, los hijos, la salud, el trabajo, cada caída y cada nuevo inicio en nuestra existencia.

La libertad cristiana consiste en la liberación del hombre del trabajo y en el trabajo, a fin de que quede libre para Dios y para los demás. El hombre y la mujer, pero sobre todo la familia, deben inscribir en su estilo de vida el sentido de la fiesta, para vivir no sólo como sujetos en la necesidad, sino como comunidad del encuentro.

El encuentro con Dios y con el otro es el corazón de la fiesta. La comida del domingo, en casa y con la comunidad, es distinta de la de cada día: la de cada día sirve para sobrevivir, la del domingo para vivir la alegría del encuentro. La comida festiva es tiempo para Dios, espacio para la escucha y la comunión, disponibilidad para el culto y la caridad. La celebración y el servicio son las dos formas fundamentales de la ley, con las cuales se honora a Dios y se acoge su don de amor: en el culto Dios nos comunica gratuitamente su caridad; en el servicio el don recibido se convierte en amor compartido y vivido con los demás. El dies Domini debe convertirse también en un dies hominis. Si la familia se acerca a la fiesta de este modo, podrá vivirla como el día «del Señor».

E. Escucha del Magisterio

La familia que sabe suspender el flujo continuo del tiempo y se toma un descanso para hacer memoria con agradecimiento de los beneficios que ha recibido de su Señor se entrena a entrar en el descanso de Dios. La familia llamada a descansar en el Señor sabe reorientar la dispersión de los días hacia el día de la gratitud. Sabe convertir la espera de los días en la única espera del Día del Señor. Vuelve como el leproso curado para dar gracias a su Señor, para la salvación de todos. Con la insistencia de su intercesión abrevia el tiempo de la espera del octavo día, para el cual el Esposo promete a la esposa: «Sí, vengo pronto». Amén. ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22, 20).

Recuerda el día del sábado

Il mandamiento del Decálogo con el que Dios impone la observancia del sábado tiene, en el libro del Éxodo, una formulación característica: «Recuerda el día del sábado para santificarlo» (Ex 20, 8). Más adelante el texto inspirado da su motivación refiriéndose a la obra de Dios: «Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado» (Ex 20, 11). Antes de imponer algo que hacer el mandamiento señala algo que recordar. Invita a recordar la obra grande y fundamental de Dios como es la creación. Es un recuerdo que debe animar toda la vida religiosa del hombre, para confluir después en el día en que el hombre es llamado a descansar. El descanso asume así un valor típicamente sagrado: el fiel es invitado a descansar no sólo como Dios ha descansado, sino a descansar en el Señor, refiriendo a él toda la creación, en la alabanza, en la acción de gracias, en la intimidad filial y en la amistad esponsal.

El tema del «recuerdo» de las maravillas hechas por Dios, en relación con el descanso sabático, se encuentra también en el texto del Deuteronomio (5, 12-15), donde el fundamento del precepto se apoya no tanto en la obra de la creación, cuanto en la de la liberación llevada a cabo por Dios en el Éxodo: «Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y brazo poderoso; por eso el Señor tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado» (Dt 5, 15).

Esta formulación parece complementaria de la anterior. Consideradas juntas, manifiestan el sentido del «día del Señor» en una perspectiva unitaria de teología de la creación y de la salvación. El contenido del precepto no es pues primariamente una interrupción del trabajo, sino la celebración de las maravillas obradas por Dios.

En la medida en que este «recuerdo», lleno de agradecimiento y alabanza hacia Dios, está vivo, el descanso del hombre, en el día del Señor, asume también su pleno significado.

Con el descanso el hombre entra en la dimensión del «descanso» de Dios y participa del mismo profundamente, haciéndose así capaz de experimentar la emoción de aquel mismo gozo que el Creador experimentó después de la creación viendo «cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gn1, 31).
[
Dies Domini, 16-17]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Cómo vivimos el estilo del domingo en nuestra familia?

2. ¿Nuestro domingo es un día de «descanso en el Señor»?

3. Para la Biblia la fiesta es tiempo de libertad interior, de escucha recíproca y de proximidad familiar: ¿Cómo es el clima doméstico en el día del domingo?

4. El encuentro con Dios y con el otro es el corazón de la fiesta: ¿nuestro domingo pone verdaderamente en el centro la celebración de Dios y el tiempo para los demás?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. ¿Cuáles son en la sociedad actual los estilos de vida de la fiesta y del tiempo libre?

2. ¿Qué experiencias proponen las comunidades cristianas para vivir el domingo como un tiempo para Dios y para los demás?

3. La parroquia y los grupos eclesiales ayudan a «celebrar el domingo»: ¿Qué iniciativas se pueden poner en marcha?

4. ¿De qué modo la celebración dominical puede convertirse en la «zarza ardiente» que ayuda a encontrar de nuevo el sentido de Dios?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro

I. Canto final

ÍNDICE

9. LA FIESTA TIEMPO PARA EL SEÑOR

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

23Sucedió que un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus
discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. 24Los
fariseos le decían: «Mira ¿por qué hacen en sábado lo que no es
lícito?». 25Él les responde: «¿Nunca habéis leído lo que hizo
David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron
hambre, 26cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del
Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que
sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban
con él?». 27Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el
hombre y no el hombre para el sábado. 28De suerte que el Hijo
del hombre también es señor del sábado» (
Mc 2, 23-28).

1 Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas
del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera: 2Estaban juntos
Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de
Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. 3Simón Pedro
les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros
vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche
no pescaron nada. 4Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla;
pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5Jesús les dijo: «Muchachos,
¿no tenéis pescado?» Le contestaron: «No». 6El les dijo:
«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron,
pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. 7El discípulo
a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor».
Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se puso el vestido –pues
estaba desnudo– y se lanzó al mar. 8Los demás discípulos vinieron
en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban
mucho de tierra, sino unos doscientos codos. 9Nada más saltar a tierra,
ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. 10Jesús
les dice: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar».

11Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes:
ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red.
12Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía
a preguntarle: «¿Quién eres tú?», pues sabían que era el Señor
13Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez.
14Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos
después de resucitar de entre los muertos. (
Jn 21, 1-14)

D. Catequesis bíblica

1. Jesús «Señor» del sábado. El domingo nace como «memoria» semanal de la resurrección de Jesús, celebra la «presencia» actual del Señor resucitado, espera la «promesa» de su venida gloriosa. En los primeros tiempos del cristianismo el dies dominicus no substituyó en seguida al sábado judío, sino que vivió en simbiosis con este. Para comprender esto debemos detenernos en tres momentos: la relación entre Jesús y el sábado; el surgimiento del primer día de la semana; el domingo en los primeros siglos. En estos tres momentos se hace presente el significado espiritual y teológico del domingo cristiano como memoria, presencia y promesa.

En el evangelio Jesús manifestó una especial libertad acerca del sábado, tanto que su actividad taumatúrgica parece concentrarse en ese día: pensemos en el episodio de las espigas arrancadas en sábado (Mc 2, 23-28; Mt 12, 1-8; Lc 6, 1-5); en la curación del hombre con la mano seca (Mc 3, 1-6; Mt12, 9-14; Lc 6, 6-11), de la mujer encorvada (Lc 13, 10-17) y de un hidrópico (Lc 14, 1-6). El evangelista Juan sitúa en sábado la curación del paralítico en la piscina (Jn 5, 1-18) y el relato del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41).

Respecto al sábado, Jesús se mueve en una perspectiva que tiene tres facetas. Ante todo, Jesús confirma la veneración por el mandamiento del sábado: más allá de la práctica legalista de los fariseos, Jesús reconoce, vive y recomienda el significado del sábado. El episodio de las espigas arrancadas en sábado interpreta la Ley a la luz de la voluntad de Dios: «El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado». El sábado tiene como finalidad la vida del hombre en plenitud (Mc 3, 4; Mt 12, 11-12). En segundo lugar: Jesús cumple el sentido del sábado, liberando al hombre del mal. El sábado es el vértice de la obra de Dios y el hombre ha sido creado para el sábado auténtico, es decir, la comunión con Dios. La misión de Jesús se cumple ofreciendo a la humanidad la gracia de realizar su vocación, aquella para la cual Dios la creó desde su origen. Esto sucede sobre todo para aquellos que están heridos en el cuerpo y en el alma: los enfermos, los lisiados, los ciegos, los pecadores. El sábado es el día de los gestos de liberación de Jesús. Por último, Jesús es el «Señor» del sábado. Renovando la obra de creación y liberación del mal, Jesús se revela a sí mismo como la plenitud de la vida, el fin del mandamiento sabático. Jesús es Señor del sábado porque es el Hijo y, como Hijo, introduce en la plenitud del sábado.

Para experimentar la «presencia» del Señor resucitado, la familia debe dejarse iluminar por la Eucaristía dominical. La celebración de la Misa se convierte en el corazón vivo y pulsante del día del Señor, de su presencia aquí y ahora como Resucitado. La eucaristía nos permite atracar nuestra nave en la ribera del misterio santo de Dios. En el domingo la familia encuentra el centro de la semana, el día que custodia su vida cotidiana. Esto sucede cuando la familia se pregunta: ¿Podemos encontrar juntos el misterio de Dios? En su sencillez, la celebración deja que el «misterio» de Dios nos salga al encuentro. El rito pone a la familia en contacto con la fuente de la vida, la comunión con Dios y la comunión fraterna.

Es más, mucho más: el misterio cristiano es la vida nueva de Jesús resucitado que se hace presente en la asamblea eucarística. La eucaristía dominical es el centro del domingo y de la fiesta. En esta la familia recibe la vida nueva del Resucitado, acoge el don del Espíritu, escucha la Palabra, comparte el pan eucarístico, se expresa en el amor fraterno. Por esto el domingo es el Señor de los días, el día del encuentro con Cristo resucitado.

2. El «primer día de la semana». El domingo es la «memoria» de la Pascua de Jesús. Según el concorde testimonio evangélico, Cristo resucitó el «primer día de la semana» (Mc 16, 2.9; Mt28, 1; Lc 24, 1; Jn 20, 1).

En ese día se realizaron todos los acontecimientos sobre los cuales se basa la fe cristiana: la resurrección de Jesús, las apariciones pascuales, la efusión del Espíritu. Los cristianos de los orígenes retomaron el ritmo semanal judío, pero a partir de la resurrección, dieron una importancia fundamental al «primer día después del sábado» (Lc 24, 1). En el marco de ese día, Juan y Lucas sitúan la memoria de las comidas con Jesús resucitado (Lc 24, 13-35 y Jn 21, 1-14), coloreándolas de rasgos eucarísticos. El texto de Juan 21 nos hace comprender bien el clima de los encuentros eucarísticos de las primeras comunidades cristianas. Jesús «toma, da gracias y les da» el pan (Jn 21, 12.9-14), y «le reconocen en la fracción del pan» (Lc 24, 30.35). En continuidad con las comidas de Jesús se ponen las «reuniones» del primer día de la semana, que se recuerdan en Hch 20, 7 como momento de la asamblea comunitaria para «la fracción del pan» y la escucha de la Palabra del apóstol, y se mencionan en 1Co 16, 2 como día de la colecta para los pobres de Jerusalén. El domingo, por tanto, se caracteriza por tres elementos: la escucha de la Palabra, la fracción del pan para compartirlo con los hermanos y la caridad. Más tarde, en Ap 1, 10 se llamará el «Día del Señor». La iglesia de los orígenes afirma así el vínculo de continuidad y diferencia con el sábado. El «día del Señor» es el día de la memoria de la resurrección.

Participando en la Misa, la familia dedica espacio y tiempo, ofrece energías y recursos, aprende que la vida no está hecha sólo de necesidades que satisfacer, sino de relaciones que construir. La gratuidad de la eucaristía dominical requiere que la familia participe en la memoria de la pascua de Jesús. En la Misa la familia se alimenta en la mesa de la Palabra y del pan, que da sabor y sentido a las palabras y al alimento que se comparten en la mesa de casa. Desde pequeños hay que educar a los hijos a escuchar la Palabra, retomando en casa lo que se ha escuchado en la comunidad.

Esto les permitirá descubrir el domingo como «día del Señor». El encuentro con Jesús resucitado, en el centro del domingo, debe alimentarse de la memoria de Jesús, del relato del Evangelio, de la realidad de la fracción del pan y de su cuerpo entregado por nosotros. La memoria de Cristo crucificado y resucitado marca la diferencia entre el domingo y el tiempo libre: si no lo encontramos a Él, no acontece la fiesta, la comunión es sólo un sentimiento, la caridad se limita a un gesto de solidaridad, que sin embargo no construye la comunidad cristiana y no educa a la misión. A la vez que nos introduce en el corazón de Dios, la Eucaristía del domingo forma la familia y la familia, en la comunidad cristiana, de algún modo hace la Eucaristía.

3. El domingo en los primeros siglos. En los primeros tiempos de la vida de la Iglesia, el domingo y la Eucaristía en el día del Señor subrayaban fuertemente también la espera de la venida del Señor.

San Justino, filósofo y mártir, nos dejó la imagen sugestiva de la comunidad cristiana reunida en el «día del Señor», correspondiente al día sucesivo al sábado.

«El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, tanto los que habitan en la ciudad como los que viven en el campo, y, según conviene, se leen los tratados de los apóstoles y los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita.

Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables. Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia con todas sus fuerzas preces y acciones de gracias, y el pueblo responde «Amén». Por último, se distribuyen los dones sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes. Los que poseen bienes de fortuna y quieren, cada uno da, a su arbitrio, lo que bien le parece, y lo que se recoge se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo entre los huérfanos y las viudas, los que por enfermedad u otra causa cualquiera pasan necesidad, así como a los presos y a los que se hallan de paso como huéspedes; en una palabra, él es quien se encarga de todos los necesitados» (cf. I Apología, LXVII, 36).

El domingo es el día de la asamblea de los cristianos, y nos hace sentir el clima de las primeras comunidades que vivían la Eucaristía dominical como «anticipo» de la vida nueva que nos dio Jesús resucitado y «promesa» de la transformación del mundo. Hoy la Iglesia y la familia se ven convocadas nuevamente a esta fuente inagotable, a fin de que la originalidad del domingo cristiano no se pierda. Sobre todo en algunos períodos del año, como el Adviento y la Navidad, se renueva la espera de la venida del Señor, a través de gestos que en la familia y en la comunidad alimentan el sentido de la esperanza.

E. Escucha del Magisterio

La familia da mucha importancia al domingo, «día de alegría y de liberación del trabajo»: así lo define el Vaticano II en la constitución Sacrosanctum Concilium. Debe ser solícita no tanto con el domingo como día libre, descanso colectivo, fiesta de pueblo, sino sobre todo con el domingo como «día del Señor», es decir como día de la asamblea eucarística, de la que parte y hacia la que converge (fuente y culmen), en unidad de tiempo y de lugar, toda la vida cristiana. Los demás aspectos del domingo vienen después: son importantes, pero no esenciales. Para la familia la asamblea eucarística es necesaria. La familia cristiana organiza su vida, se educa a sí misma y a sus hijos de manera que pueda dar prioridad a laMisa respecto a cualquier otro compromiso.

Domingo, día del Señor

La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón «día del Señor» o domingo. Así pues, en este día los fieles deben reunirse para, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los «hizo renacer a la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1 P 1, 3).

Por consiguiente, el domingo es la fiesta primordial que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también un día de alegría y de liberación del trabajo. No debe anteponerse a esta ninguna otra solemnidad, a no ser que sea realmente de gran importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico.
[
Sacrosanctum Concilium, 106]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Cómo sentimos en nuestra familia el domingo y el encuentro con el Señor resucitado?

2. ¿Los gestos y la ritualidad en casa y en la comunidad permiten percibir la vida nueva de Cristo resucitado, la alegría de su presencia?

3. ¿La experiencia de la gratuidad de las cosas y del tiempo, la escucha de la Palabra en casa y en la iglesia, la mesa eucarística compartida, nos hacen vivir el domingo como pascua semanal?

4. ¿En qué momentos del año especialmente, y con qué gestos vivimos la Eucaristía dominical como tiempo de la espera y de la esperanza?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. ¿En la sociedad actual qué impide vivir el domingo como dies Dominicus (día del Señor)?

2. ¿La educación al rito y el clima de la comunidad cristiana introducen verdaderamente al encuentro con Jesús crucificado y resucitado?

3. ¿Cómo el domingo puede convertirse en el día del Evangelio y de la memoria de la resurrección de Jesús?

4. ¿De qué modo el camino del año litúrgico, con sus tiempos y sus fiestas, logra expresar la espera del Señor?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro

I. Canto final

ÍNDICE

10. LA FIESTA TIEMPO PARA LA COMUNIDAD

A. Canto y saludo inicial

B. Invocación del Espíritu Santo

C. Lectura de la Palabra de Dios

46Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un
mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento
con alegría y sencillez de corazón. 47 Alababan a Dios y
gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada
día a la comunidad a los que se habían de salvar (
Hch 2, 46-47).

33Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección
del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía (
Hch 4, 33).

42Y no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo
Jesús cada día en el Templo y por las casas (
Hch 5, 42).

43«No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a
ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, 44y el que quiera
ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, 45que tampoco
el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a
dar su vida como rescate por muchos» (
Mc 10, 43-45).

1Había en la Iglesia fundada en Antioquía profetas y maestros: Bernabé,
Simeón llamado Níger, Lucio el cirenense, Manahén, hermano
de leche del tetrarca Herodes, y Saulo. 2Mientras estaban celebrando
el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Separadme ya
a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado». 3Entonces,
después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les
enviaron. 4Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a
Seleucia y de allí navegaron hasta Chipre. 5Llegados a Salamina
anunciaban la Palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. Tenían
también a Juan que les ayudaba (
Hch 13, 1-5).

D. Catequesis bíblica

1. Día de la comunión. El día del Señor hace vivir la fiesta como tiempo para los demás, día de lacomunión y de la misión. La Eucaristía es memoria del gesto de Jesús: este es mi cuerpo entregado, esta es mi sangre derramada por vosotros y para todos. El «por vosotros y para todos» vincula estrechamente la vida fraterna (por vosotros) y la apertura a todos (para la muchedumbre). En la conjunción «y» está toda la fuerza de la misión evangelizadora de la familia y de la comunidad: se nos da a nosotros a fin de que sea para todos.

La Iglesia que nace de la Eucaristía dominical está abierta a todos. La primera forma de la misión es construir la comunión entre los creyentes, hacer de la comunidad una familia de familias. Esta es asimismo la ley fundamental de la misión: la Iglesia unida y concorde es el testimonio más persuasivo para el mundo. La Iglesia puede convertirse en escuela de misión sólo si es casa de la comunión. Los pasajes de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de citar nos ofrecen la imagen de las primeras comunidades que viven su experiencia cristiana entre la casa y el templo. La fiesta y el domingo son el momento para renovar la vida eclesial, de modo que la comunidad de los creyentes asuma el clima de la vida familiar y la familia se abra al horizonte de la comunión eclesial.

La Iglesia local y la parroquia son la presencia concreta del Evangelio en el corazón de la existencia humana. Son las figuras de la Iglesia más conocidas por su carácter de cercanía y acogida para todos. En numerosos países las parroquias han indicado la «vida buena» según el Evangelio de Jesús y han sostenido el sentido de pertenencia a la Iglesia. Como afirma el Concilio Vaticano II, en las iglesias locales «la Iglesia avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo» (Gaudium et spes, 40). En la parroquia las familias, que son «iglesia doméstica», hacen de la comunidad parroquial una Iglesia entre las casas de la gente. La vida cotidiana, con el ritmo de trabajo y fiesta, permite que el mundo entre en la casa y abre la casa al mundo. Por otra parte, la comunidad cristiana debe cuidar a las familias, ayudando a evitar la tentación de que se encierren en su «apartamento» y abriéndolas a los caminos de la fe. En la familia la vida se transmite como don y promesa; en la parroquia la promesa contenida en el don de la vida se acoge y se alimenta. El día del Señor se convierte en día de la Iglesia cuando ayuda a experimentar la belleza de un domingo vivido en comunidad, evitando la banalidad de un fin de semana dedicado al consumo, para a veces realizar también experiencias de comunión fraterna entre las familias.

2. Día de la caridad. El día del Señor como dies Ecclesiae se convierte en día de la caridad. La Iglesia que se alimenta en la Eucaristía dominical es la comunidad al servicio de todos. La familia, aunque no sólo ella, es la red a través de la cual se transmite este servicio. El hermoso texto del Evangelio de San Marcos al que hemos hecho referencia ilustra como en la Eucaristía dominical Jesús está en medio de nosotros como uno que sirve. Este es el criterio del servicio en la comunidad: quien quiera ser el más grande que se haga pequeño (vuestro servidor), y quien quiera ser el primero que se dedique a los pobres y a los pequeños (siervo de todos). El servicio de la caridad es una característica del domingo cristiano. Algunos tiempos litúrgicos (el Adviento y sobre todo la Cuaresma) lo proponen como una tarea esencial de las familias y de la comunidad.

El domingo se convierte así en el «día de la caridad».
El servicio de la caridad expresa el deseo de la comunión con Dios y entre los hermanos. La familia, a lo largo de la semana, sale al encuentro de las necesidades de cada día, pero la vida familiar no puede limitarse a dar cosas y a cumplir con compromisos: debe hacer crecer el vínculo entre las personas, la vida buena en la fe y en la caridad. Sin una experiencia de servicio en casa, sin practicar la ayuda recíproca y sin participar en las fatigas comunes, difícilmente nace un corazón capaz de amor. En la familia los hijos experimentan día tras día la incansable entrega de los padres y su humilde servicio, aprendiendo de su ejemplo el secreto del amor.

Cuando en la comunidad parroquial los chicos y los jóvenes deberán ampliar el horizonte de la caridad a las demás personas, podrán compartir la experiencia de amor y de servicio que han aprendido en casa. La enseñanza práctica de la caridad, sobre todo en las familias con un hijo único, deberá abrirse en seguida a formas–pequeñas o grandes– de servicio a los demás.

3. Día del envío a la misión. La dimensión misionera de la Iglesia está en el centro de la eucaristía dominical y abre las puertas de la vida de familia al mundo. La comunidad dominical es por definición comunidad misionera. En el hermoso icono del Libro de los Hechos que hemos citado, se describe a la comunidad de Antioquía que, mientras celebra el culto del Señor, quizás dominical, se ve impulsada por el Espíritu a la misión. En el día del culto, la comunidad se convierte en misionera. La misión no concierne sólo a las personas enviadas, sino que muestra su eficacia cuando toda la Iglesia, con la variedad de sus carismas, ministerios y vocaciones, se convierte en el signo real de la caridad de Cristo para todos los hombres. Las formas misioneras de la comunidad son distintas, pero todas deben llevar a los hombres a Cristo. La familia está llamada a evangelizar de un modo propio e insustituible: en su seno, en su ambiente (vecinos, amigos, familiares), en la comunidad eclesial, en la sociedad.

La comunidad eucarística ampliará su mirada a un horizonte universal, asumiendo la solicitud de Pablo por todas las iglesias. Si la missio ad gentes es el horizonte de la misión para la Iglesia, también la Iglesia local es, en su propio territorio, enviada a anunciar el Evangelio. La educación a la acogida de los demás, del inmigrado, de lo diferente, deberá partir de las familias y recibir un impulso por parte de la comunidad. Ante todo, es en la familia que, a menudo, nace la intuición de una vida ofrecida a los demás, dedicada a la misión y al compromiso en el mundo. En numerosas familias cristianas, con una fuerte experiencia de humanidad y de amor, y con la participación en la Eucaristía dominical, han brotado espléndidas historias de vocación al servicio en la sociedad, al compromiso en el voluntariado, al testimonio en la política, a la misión en otros países del mundo. La relación entre domingo y Uucaristía, entre Iglesia y misión, entre familia y servicio a los demás, requiere una renovada obra de introducción a lo esencial de la vida cristiana, que impulse a una nueva conciencia misionera.

La fuerza extraordinaria del domingo, centrado en la Eucaristía doméstica, llevó a los mártires de Abitenas al martirio.

«¿Has actuado contra las prescripciones de los emperadores y de los Césares reuniendo a todas estas personas?».

Y el presbítero Saturnino, inspirado por el Espíritu del Señor, respondió: «Hemos celebrado la eucaristía dominical sin preocuparnos de ellas». El procónsul preguntó: «¿Por qué?». Respondió: «Porque la Eucaristía dominical no se puede descuidar» (IX).

«¿En tu casa han tenido lugar reuniones contra el decreto de los emperadores?». Emérito, lleno de Espíritu Santo, dijo: «En mi casa hemos celebrado la Eucaristía dominical». Y él: «¿Por qué les permitís entrar?». Replicó: «Porque son mis hermanos y no hubiera podido impedirlo». «Sin embargo– retomó el procónsul– tú tenías el deber de impedírselo». Y él: «No hubiera podido porque nosotros, los cristianos, no podemos estar sin la Eucaristía dominical» (Acta Saturnini, Dativi, et aliorum plurimorum martyrum in Africa, XI).

En los primeros siglos la Eucaristía dominical permitió a la Iglesia difundirse hasta los confines del mundo. Todavía hoy, se invita a la vida cotidiana de la familia y de la Iglesia a partir de nuevo de allí: sin la Eucaristía dominical los cristianos no pueden vivir.

E. Escucha del Magisterio

El domingo es la repetición en el ciclo breve del tiempo semanal del gran misterio de la Pascua. Se llama también «pequeña Pascua dominical». «Vivir según el domingo» significa vivir en la conciencia de la liberación que trajo Cristo, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de una conducta íntimamente renovada. El domingo como fiesta para los demás no hay que entenderlo sólo como función litúrgica: es un valor humano, más que un don cristiano. No vivir los días como si fueran todos iguales (y sólo el domingo tiene el secreto de la diversidad), dedicar tiempo a la comunidad y a la caridad es un camino eficaz para la liberación del hombre de la servidumbre del trabajo.

Vivir según el domingo

Esta novedad radical que la Eucaristía introduce en la vida del hombre ha estado presente en la conciencia cristiana desde el principio. Los fieles percibieron en seguida el influjo profundo que la celebración eucarística ejercía sobre su estilo de vida. San Ignacio de Antioquía expresaba esta verdad definiendo a los cristianos como «los que han llegado a la nueva esperanza», y los presentaba como los que viven «según el domingo» (iuxta dominicam viventes). Esta fórmula del gran mártir antioqueno pone claramente de relieve la relación entre la realidad eucarística y la vida cristiana en su cotidianidad. La costumbre característica de los cristianos de reunirse el primer día después del sábado para celebrar la resurrección de Cristo –según el relato de san Justino mártir– es el hecho que define también la forma de la existencia renovada por el encuentro con Cristo. La fórmula de san Ignacio –«vivir según el domingo»– subraya también el valor paradigmático que este día santo posee con respecto a cualquier otro día de la semana. En efecto, su diferencia no está simplemente en dejar las actividades habituales, como una especie de paréntesis dentro del ritmo normal de los días. Los cristianos siempre han vivido este día como el primero de la semana, porque en él se hace memoria de la radical novedad que trajo Cristo. Así pues, el domingo es el día en que el cristiano encuentra aquella forma eucarística de su existencia que está llamado a vivir constantemente. «Vivir según el domingo» quiere decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar su vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente.
[
Sacramentum Caritatis, 72]

F. Preguntas para la pareja de esposos y para el grupo

PREGUNTAS PARA LA PAREJA DE ESPOSOS

1. ¿Nuestra familia siente el domingo como un tiempo con y para los demás?

2. ¿Cómo es la relación entre nuestra familia, las demás familias y la comunidad cristiana?

3. ¿Cuáles son los gestos de servicio y de caridad que vivimos en casa durante la semana? ¿Qué compromisos de caridad sugerimos para los demás, sobre todo para las personas más necesitadas?

4. Nuestra casa tiene la puerta abierta al mundo, a sus problemas y a sus necesidades?

PREGUNTAS PARA EL GRUPO FAMILIAR Y LA COMUNIDAD

1. La dimensión comunitaria del domingo hoy día se vive poco. ¿Qué remedios y sugerencias podemos encontrar?

2. ¿Las comunidades cristianas transmiten a las familias la experiencia de la comunión? ¿Las familias son para las comunidades cristianas una llamada a un estilo de vida más fraterno?

3. ¿La caridad es una atención constante de la vida parroquial? ¿Las asociaciones e instituciones caritativas (Caritas) son expresión de toda la comunidad?

4. ¿Cómo se ayudan las familias a la hora de educar al valor de una vida entregada a los demás, a suscitar vocaciones para la misión?

G. Un compromiso para la vida familiar y social

H. Preces espontáneas. Padre Nuestro

I. Canto final


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Información facilitada por:
Diócesis de Cádiz y Ceuta
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El obispo de la Diócesis, D. Rafael Zornoza, ha indicado que él viajaría y estaría con el grupo diocesano.

El lema para este VII encuentro será: “La Familia: el trabajo y la fiesta” y tendrá lugar en Milán (Italia) del 30 de mayo al 3 de junio de 2012.

El Secretariado Diocesano de Pastoral Familiar ofrece a las parroquias y movimientos de la Diócesis la posibilidad de asistir juntos a este Encuentro de las Familias con el Papa, saliendo de Cádiz el viernes 1 de junio desde el aeropuerto de Sevilla para llegar a Milán; traslado al hotel y alojamiento. (Las comidas por cuenta propia). La tarde será libre.

20.30 Encuentro en el Teatro alla Scala, entre las delegaciones llegadas de diferentes países.
21.30 Adoración Eucarística en el Duomo. Y vuelta al hotel.
Sábado 2 de junio desayuno en el hotel y salida hacia el Parco Nordpara asistir a la Fiesta de los Testimonios con la presencia del Papa Benedicto XVI. (Almuerzo y cena por cuenta propia). Vuelta al hotel. Alojamiento

Domingo 3 de junio Santa Misa presidida por el Papa Benedicto XVI.

Está por estudiar si se regresará el domingo 3 por la tarde o el lunes 4. Depende de los vuelos.

Es importante que todos los que estéis interesados lo hagáis cuanto antes para hacer la reserva en el hotel, en los vuelos y solicitar las acreditaciones.

La Agencia de Viajes que facilita todos los trámites propone los hoteles más próximos a la concentración, hasta que haya plazas disponibles.
Hotel Marghera. Hab. sencilla: 171 € ; doble 171 € día ***
Hotel Monteblanco. : 133 € ; ´´´´ 111 € día ****
Hotel Rubens. : 134 € ; ´´´´ 147 € día ****
Avión: Sevilla-Milán-Sevilla: Entre 140 y 180 €
Aeropuerto de Milán al hotel: entre 10 ó 15 €
Tenéis más información en:
Viajes y Peregrinaciones ITINERA
Tfs.: 918.544.912 – 639.207.681 – 657. 399.985
www.itineratours.com ; www.familia2012.com ; info@familia2012.com


Información facilitada por:
Maximiliano de la Vega y Prudencia Alonso
Directores del Secretariado de Pastoral Familiar
Tf.: 956. 27.06.53

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FIRMES EN LA FE (Himno oficial JMJ Madrid 2011)

UN SEGLAR DESCUBRE LA ORACIÓN (Abelardo de Armas Añón)

Abelardo de Armas. Un seglar descubre la oración from Cruzados de Santa María on Vimeo.

Fuente: http://abelardodearmas.blogspot.com/