En busca de la santidad

Papa Francisco: Hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades. La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él... La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor... no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano.

sábado, 26 de noviembre de 2011

MARCHA JUVENIL DIOCESANA: EN EL NOMBRE DEL SEÑOR PODEMOS

“EN EL NOMBRE DEL SEÑOR”
“EN LA PERSONA DE JESÚS”


1. En el Nombre del Señor hemos sido convocados
Podemos tener muchas razones por las que hemos venido a esta marcha juvenil: me invitaron en la parroquia, en mi grupo, un amigo, en mi instituto, etc.
Por debajo de todas estas razones está que hemos sido reunidos, convocados por el mismo Jesús a través de nuestro obispo D. Rafael. Cada uno ha salido de su casa, de su pueblo, de su ciudad, hemos dejado otros planes y nos hemos encontrado aquí todos en el Nombre del Señor, en el Señor Jesús.
Cada reunión, celebración, oración… lo hacemos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En nombre de Dios, de Dios mismo.

2.“Todo lo que hagáis, de palabra o de obra, hacedlo en nombre del Señor Jesús” Col 3, 17
El Nombre hace referencia a la persona, por ejemplo: ¿conoces a Paco y María? Sí conozco esos nombres… ¡no! Que si conoces a Paco y a María ¿Quiénes?... Hace referencia a la persona. Poner el nombre es importantísimo, porque es hablar de la persona.
¿Qué significa hacer las cosas en Nombre del Señor? Cuando decimos que vengo de parte de alguien, es como si ese alguien se hace presente a través de nosotros. Hacer o decir las cosas en nombre de otra, supone que hay una confianza, que creo en esa persona, que le escucho, que me envía, lo hago porque le quiero. Nosotros muchas veces vemos que no podemos hacer las cosas. Pero el cristiano sabe por experiencia que “en el nombre del Señor” supone que yo confío en que Él me da la fuerza para hacerlo, no porque se me ocurre o he tenido un estupendo día, sino porque Él me lo ha dicho: “No tengáis miedo, yo estaré con vosotros todos los días de vuestra vida”.

3. Caminamos en el Nombre del Señor
Ahora comenzamos el tiempo de Adviento. ¿Cómo se celebró el Adviento antes del nacimiento de Jesús? Pensemos en los Magos de Oriente y los pastores: se ponen en camino porque se cumple la promesa que Dios hizo a su Pueblo, confían en su Palabra (Dios se hace hombre, para que podamos conocerle, escucharle, verle, tocarle, amarle, seguirle…). Quieren encontrarse con Él porque Él quiere encontrarse con ellos. Para eso da señales: la estrella, el ángel, las profecías. Tanto los Magos como los pastores no fueron solos, cada uno por su lado, sino que fueron juntos a buscarle.
Dios nos llama porque quiere estar con nosotros y darnos su misma vida porque nos ama. Esto es lo que nos hace felices en plenitud. Pero es una llamada personal y a la vez en común con los demás, como llamó a los primeros discípulos, a los 12. Para ayudarnos, compartir los dones que Dios da a cada uno, porque somos más felices cuando estamos unidos y porque Jesús dijo: «Donde dos o tres se reúnen en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18,20). ¿Quieres encontrarte con Jesús?: “Ven y verás”.
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LA DEBILIDAD Y LA FUERZA
En el Nombre del Señor… podemos

Cuando nos ponemos a caminar por la vida, nos cansamos y nos sentimos débiles. Una cosa es ser débiles, y otra no tener fuerzas. La vida nos va poniendo frente a situaciones que no esperábamos. El cansancio nos va entrando y a veces de un modo muy fuerte.
Puede ser por culpa de las cosas inesperadas que continuamente nos sorprenden; o puede ser por lo cotidiano y constante que sabemos nos va a venir.

Y entonces nos sentimos débiles. Y precisamente entonces los demás empiezan a acudir a nosotros. Y no es porque los demás no se den cuenta de que también nosotros somos débiles. Al contrario. Pareciera justamente que porque nos sienten débiles, por eso vienen a nosotros. Y son los débiles los que vienen. Aquellos a los que les duele lo mismo que nos duele a nosotros. Vienen para pedirnos fuerzas, ánimo para seguir, sentido para entender su fracaso o su sufrimiento. Algo, en fin, que a ellos les parece que en nosotros nos ayuda a superar tan fácilmente, lo que a ellos les desanima.

Nos damos cuenta de que la respuesta que buscan es la misma que estamos buscando. Lo que a ellos les duele, también nos duele.
Y allí nos sentimos profundamente necesitados de fuerza. Hasta biológicamente nos sentirnos débiles. Y a la vez, se nos presenta la necesidad de acudir a quien nos puede dar la fuerza necesaria, para nosotros y para los demás.
Si sólo creemos en los hombres, acudiremos a otro hombre y prolongaremos hasta el infinito la búsqueda de verdad, del que pide al que tiene que pedir. Podemos así construir un grupo humano, de hombres y mujeres débiles pero solidarios que nos prestamos mutuamente una fuerza de la que todos individualmente necesitamos.

Y de repente, todo se puede derrumbar.
Tendremos la triste experiencia de habernos estado trasmitiendo un cheque sin fondo. Las fuerzas que nos íbamos trasmitiendo carecían de fundamento. Una cadena de eslabones unidos que no estaba agarrada a nada. Todo el proceso que nosotros creíamos constructor del grupo es mentira, porque estaba basado en una verdad sin fundamento. En una ideología, tal vez. Podemos hacer muchas cosas, pero a veces, vacías de contenido.
No podemos hacer -ni dejar que los otros hagan- un acto de fe ciega, sin pensar, sin compartir, sin reflexionar, sin buscar a Dios en todos los acontecimientos, sin tener experiencia personal con Jesús. No puedo fundamentar mi fe en otra persona que no sea Jesús, porque la otra persona es un eslabón que también participa de nuestra misma debilidad y puede ser que no resista el peso en cadena de los demás.

Te invito a que juntos pensemos dos cosas:

Primero, que no tiene sentido luchar por la construcción de grupo si no tenemos fe en la fuerza de Dios, y en la seguridad de que Él tiene ganas de darnos esa fuerza necesaria que viene de Él.

Segundo: que a la vez que damos esa fuerza (que no es nuestra porque la recibimos a través del hermano, del amigo), no dejemos de buscarla directamente por nuestra cuenta en Dios. Si hacemos este doble esfuerzo recibiendo y a la vez buscando, estaremos unidos entre nosotros y a la vez agarrados a Dios que es el origen verdadero de toda fuerza.
Cada uno dará de la fuerza que le viene de Dios, y la que recibe de los demás. Cada uno se convertirá en minero de la fuerza de Dios, y no en un simple transmisor. Habrá así un aporte valioso, personal. Habrá algo de Dios a través tuyo.
De esta manera, siendo débiles, llegaremos a tener fuerza para nosotros mismos y para el grupo en el que cada uno tendrá su riqueza personal para comunicarla y compartirla. Como sucede con las brasas de una hoguera, donde cada una aporta su calor personal y propio, a la vez que es sostenida y animada por el calor del fuego de las demás.

Porque Él nos ha reunido, en el Nombre del Señor… podemos.

Preguntas para compartir:

- ¿Qué es lo que más me ha gustado o me ha sorprendido esta mañana?
- ¿Siento que en mi vida necesito caminar con los demás para poder encontrarme con Jesús?
- ¿Qué dificultades encuentro en mi camino para conocer y seguir Jesús?








































































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