En busca de la santidad

Papa Francisco: Hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades. La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él... La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor... no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano.

sábado, 5 de marzo de 2011

JUAN ANTONIO MARTÍNEZ CAMINO



“Mujer, mira, es tu hijo... Mira, es tu madre” (Jn 19,26 s.)

«Jesús, al ver a la madre, y de pie junto a ella al discípulo al que prefería, dice a la madre: “Mujer, mira, es tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Mira, es tu madre”. Y, desde aquella hora, el discípulo la acogió como riqueza suya» (Jn 19,26-27).

Una madre es una riqueza inconmensurable. Y más, una madre como aquélla. Jesús ha pedido el perdón del Padre para quienes lo escarnecen, le ha dado la Gloria a quien le había pedido tan sólo un beneficio, y ahora, a punto ya de entregarse a la muerte, le revela a Juan que, en adelante, «la madre» —así llama aquí el evangelista a María Santísima— será también «su» madre. Jesús no puede dar ya más: perdón del Padre, gloria del Hijo (en el Espíritu) y amor de Madre. Es lo último que hace antes de morir aquella muerte horrible de la cruz.

Las madres están siempre, como la Madre, como María, junto a las cruces de sus hijos. Pero ¿quién estará junto a las cruces de ellas?

Esta sociedad nuestra occidental, opulenta y malamente satisfecha de sí misma, está alimentando una inaudita y cruel “cultura de la muerte”, ferozmente antimaternal. Ahí están los hechos. Nos estamos acostumbrando a un modo violento de vivir, sin Padre que perdone y sin Gloria que ilumine, como si eso fuera bueno, natural e inteligente. Pero ahí están los hechos. Europa y, en particular, España no tienen hijos, envejecen sin nadie de casa a quien entregar la antorcha de la vida. ¡Nunca había pasado eso!: que en circunstancias de bonanza económica y sanitaria, la población disminuyese sin parar. ¿Qué está pasando?

Las madres tienen hoy muchas cruces que llevar y muy pesadas. Tienen que trabajar y que hacerse valer, frecuentemente con los mismos parámetros que los varones. Tienen que retrasar la maternidad o renunciar a ella. Tienen, por eso, que forzar sus cuerpos de mil maneras. La maternidad no encuentra su sitio: forzada, fragmentada, retrasada, negada. Y, luego, tal vez lo más terrible y lo que menos desea el corazón de una madre: verse, en tantas ocasiones, casi forzada a arrancarse el fruto de sus entrañas. Sobre un millón de vidas humanas segadas por el aborto, en España, desde que se profetizó hace veinticinco años que las nuevas leyes acabarían por reducir su número. También como consecuencia de esa maternidad acosada y tantas veces humillada, ¿cuántos embriones, es decir, seres humanos incipientes, son utilizados como cobayas para la experimentación, o condenados al hielo y al destino incierto que para ellos determinen sus prepotentes productores? Ni siquiera lo podemos saber. Decenas y decenas de miles. Pero, ¡aunque fuera uno solo!…

No. No son las madres las protagonistas de la cultura de la muerte. Son los ideólogos e ideólogas de tal aberración: son quienes promueven esa mentalidad antimaternal que se empeña en hacernos creer que no está mal —o es, al menos, justificable— disponer de la vida de nuestros hermanos, los seres humanos más indefensos; son quienes trabajan por convencer a la sociedad de que todo eso es progreso y que no perjudica a nadie: mentira que encubre la muerte culpablemente causada y que nos atrapa en sus garras letales. Porque, naturalmente, una sociedad que mata a sus hijos como si no pasara nada, es una sociedad gravemente enferma de egoísmo. Es una sociedad que, así, no tiene futuro; que no es solidaria con los suyos y que, por eso, no puede serlo tampoco con los pobres del mundo. Sí, el hambre que mata a tantos niños en los países más pobres tiene difícil solución, si la cultura de la muerte sigue haciéndonos egoístas e insolidarios.

¿Y qué decir de la eliminación de la palabra “madre” del Código Civil (también de la palabra “padre”)? Nuestras leyes se han convertido en leyes injustas que ni siquiera contemplan la realidad humana del matrimonio en su especificidad, pues el matrimonio no es hoy en España la unión de un hombre y de una mujer. ¿No es éste también un síntoma muy preocupante del triunfo pírrico de la cultura de la muerte? ¡Todo un entramado de anticultura! Anticultura que, además, se intenta imponer a nuestros hijos en el sistema educativo, como forma mental y de conciencia, a través de una asignatura obligatoria para todos los centros y todos los alumnos.

Cuando las madres son presionadas y sufren, es el ser humano quien padece y es la sociedad la que se ve amenazada en el hontanar más entrañable y profundo de su humanidad. Pero ellas, especialmente ellas, han de saber y saben que la Madre, María, está junto a su cruz de hoy. La que estaba en pie junto a la Cruz de Cristo, su madre, es, desde entonces, nuestra madre, la madre de todos aquéllos a quienes Él nos la entrega el Viernes Santo. Pero ella es, de modo muy particular, la madre de las madres; de las madres que tienen que aguantar hoy la pesada cruz de una cultura de la muerte hostil a la maternidad: de las madres maltratadas física y espiritualmente; de las que trabajan en casa y fuera de casa; de las que, a lo mejor, se han visto arrastradas por la presión cultural y la soledad espiritual a acciones o actitudes contrarias a su genio de mujeres y de madres.

María está hoy aquí sobre todo para ellas, y, a través de ellas, para todos los adultos y niños del mundo. La vida que Jesús nos está dando con su muerte, es la que su Madre le había dado a él, por la fuerza del Espíritu, Señor y dador de Vida. María es la mujer fuerte, la nueva Eva que da a luz a la nueva Humanidad, renacida de la sangre de Cristo. Esa Humanidad que tiene a Dios como Padre y la Gloria como patria. Una humanidad más fuerte que la muerte.

La Virgen está dolorida; pero no vencida. La Dolorosa no es la imagen de la resignación fatal ni de la sumisión no emancipada. Por el contrario, sus dolores espirituales son los del parto un Pueblo nuevo, del “Pueblo de la vida”. ¿De qué vida? De la única vida del hombre: la que recibimos de Dios por medio de un padre y una madre. Es la vida que gozamos en este mundo, en fraternidad con todos los hermanos; la misma que, transfigurada, gozaremos para siempre en el Cielo, en comunión con Dios y con sus santos. Porque «la gloria de Dios es que el ser humano viva y la vida del hombre es la visión de Dios» (san Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 20, 7).

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