En busca de la santidad

Papa Francisco: Hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades. La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él... La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor... no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano.

jueves, 8 de julio de 2010

ENEMIGO OCULTO

Un enemigo oculto acecha al bautizado: estrechar sólo el círculo de su amistad en torno a los creyentes o practicantes que simpatizan con él, excluyendo a los demás.
¡Es tan fácil y cómodo vivir rodeado de personas que te comprenden y a quienes comprendes! ¡es tan atractivo! Pero tu bautismo pide "abrir a todos tus brazos y consolar sus pesares, y entre risas y cantares, darles tu vida a pedazos" (José María Pamán).
Este enemigo duerme agazapado. Un laico tiene que vivir a la intemperie en contacto con el mundo hostil. Al iniciar su vida cristiana busca instintivamente, por un mecanismo psicológico de defensa, esa vida íntima de familia que el religioso, al seprarse del mundo, encuentra en el noviciado. Olvida que, volcándose en amistad con los que le rodean, se autodefiende, mantiene mejor su corazón generoso frente al sexiatractivo que le hace agoísta.
Es el peligro que te acecha cuando te decides a vivir tu fe entre bautizados descreídos o escépticos indiferentes. Antes cultivabas la amistad con todos. Ahora te encuentras tan bien entre los que piensan como tú, que confudes con facilidad tu vocación laica con la del religioso. Dios te quiere en pleno mundo. El círculo de tus íntimos es sólo pista de aterrizaje para estar continuamente volando, sembrando amor, buscando amigos. Un avión no se pasa la vida en el aeródromo. Se deteien sólo para repostar y despegar de nuevo.
La caridad y la prudencia piden, cierto, que entre "tus íntimos" te encuentres siempre en familia. Esta unión es garantía de perseverancia, palanca que te eleva a Dios. Tener un círculo reducido de amigos es siempre aconsejable, pero cuida que ese círculo no se convierta en tu prisión.
Amplitud, pues, y flexibilidad, aliadas con la prudencia, te deben impulsar a cultivar amistades entre descreídos y ateos. No hagas de tu vida "rama estéril y podrida digna sólo de la hoguera". Recuerda que la tierra "jamás niega su calor a la semilla" y que "la flor sencilla muestra a todos la maravilla que sus pétalos encierra" (José María Pemán). Los amigos buenos que vas descubriendo son como los libros buenos. Estrellas que alumbran el pensamiento e iluminan el corazón.
Una santa amistad te debe unir con los "tuyos", pues los que viviendo en el mundo aspiran a encarnar el Evangelio, es indispensable que se liguen entre sí con los lazos del verdadero amor fraternal. Los hermanos se estimulan mutuamente para vivirlo. Cuando vas por el camino llano, te bastas a tí mismo. No necestas a nadie a tu lado. En cambio, cuando el camino es pedregoso y quebrado, tienes que ayudarte de otros para que todos andéis más seguros. Dice Santo Tomás que la amistad perfecta no puede abarcar a mucha gente, pero la perfección cristiana no consiste en encapucharse, en no tener amistades con otros, sino elegir las buenas y santas. No eres un monje en plena calle sin hábitos, sino un laico que vive en el mundo, aunque no seas de él, pero abierto a todos.
La Virgen pone en tu corazón unas riquezas que, si las explotas con calor humano en clima de amistad, ¡acercarían tantas a almas a Dios! Si en la convivencia con los demás pretendes imponer tu manera de pensar, sin ganarte antes el corazón; si hablas con presunción arrogante; si no sabes exigir con suavidad y firmeza a los que educas, arruinas el potencial de energía que la amistad pone en tus manos.
No pretendas acercar almas a Dios, a los sacramentos, a Ejercicios, sin interesarte antes por sus problemas humanos, sin ganar su amistad, sin captarte ingeniosamente la confianza, sin iniciar con algría conversaciones íntimas, propicias siempre a la confidencia salvadora.
Le puede suceder al laico algo parecido a lo que le suele pasar a un novel convertido. Busca con frecuencia, sin darse cuenta, al llegar a la Iglesia, un nido acogedor. Todos me comprenden y piensan como yo. ¡Qué bien! Antes de llegar se abrían a los demás, y ahora se repliegan en unos pocos. Pierden puntosn de proselitismo, en vez de ganarlos, y se hacen, sin percibirlo, egoístas y cómodos. Caricaturizan su cristianismo, proyectan una imagen desfigurada. La Iglesia es todo lo contrario. No es un nido. Mas bien se parece a una colmena en que las abejas se alejan de ella en vuelo continuo para fecundar flores y delibar su néctar.
Hacerte amigos fuera de "tu círculo" es una valentía, una disponibilidad. Es cortar un circuito afectivo que sin darte cuenta te aprisiona. Tienes que ser audaz y decidido en crearte amistades. No olvides que "la disponibilidad, la valentía, es una actitud muy propia de los jóvenes, pero no sólo en ellos, sino en todos los crisitanos" (Juan Pablo II)

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Fuente:
"HORA DE LOS LAICOS"
Tomás Morales, S.J.
Biblioteca de Autores Cristianos.

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