En busca de la santidad

Papa Francisco: Hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades. La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él... La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor... no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano.

sábado, 14 de abril de 2012

A LA LUZ DE SU MIRADA

Examen de conciencia: mirarnos como Dios nos ve, querernos como Dios nos quiere
Señor mío, Jesucristo
A la luz de su mirada (ed. Idatz) es el último libro de monseñor Munilla, obispo de San Sebastián. Ofrece tres propuestas para el examen de conciencia y la revisión de vida. Ofrecemos varios párrafos que ayudan a centrar la propia vida según el Corazón de Cristo

El examen de conciencia no tiene nada que ver con una tendencia morbosa a la introspección, ni con preguntas incisivas parameternos el dedo en el ojo..., ni con la búsqueda de un purismo o un perfeccionismo humano. La revisión de vida parte de que el Espíritu Santo nos conceda el don de conocernos a nosotros mismos como Él nos conoce, es decir, a la luz de Su mirada.
Aunque pueda parecer una paradoja, cuanto más lejos nos encontramos de Dios, menos pecadores nos sentimos; y, por el contrario, en la medida en que avanzamos por el camino de la santidad, mayor conciencia tenemos de nuestra condición pecadora. Igualmente cabe decirlo en referencia a cuanto de virtud y de bondad hay en nosotros: cuanto más lejos de Dios está el hombre, más fácilmente es víctima de una lectura desesperanzada de sí mismo y de la realidad que le rodea; y, por el contrario, cuanto más cerca nos hallamos de Dios, más motivos encontramos para darle gracias por tantas cosas buenas como ha hecho en nosotros. Si Dios nos ama hasta el punto de sufrir por nuestros pecados y dar su vida por nosotros, ¿cómo no nos vamos a querer a nosotros mismos, y cómo no vamos a tener confianza en que veremos realizados en nosotros sus designios de amor y de santidad?
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Demos un paso más: ciertamente, es muy importante el principio Conócete a ti mismo como Dios te conoce. Sin embargo, la clave no está tanto en el mero conocimiento de Dios, sino en su amor hacia nosotros. De lo cual se extrae una consecuencia muy práctica: el examen de conciencia cristiano nunca puede separase de la contrición, es decir, de la conciencia viva de que Dios nos ama personalmente. Cuando desligamos el examen de conciencia de la contrición, entonces se convierte en una especia de tortura o en un entretenimiento morboso.
Dicho de otra forma: hacer memoria de nuestros pecados debería ser sinónimo de ensalzar la misericordia de Dios. ¿Qué es lo que confiesa san Agustín en sus Confesiones: sus pecados, o la misericordia de Dios? Ciertamente, ¡las dos cosas en una!
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Un motivo por el que nuestro acto de contrición no suele ser tan vivo y profundo como debería es por nuestra insensibilidad para caer en la cuenta de los pecados con los que hemos ofendido a Dios. En este momento de crisis del sacramento de la Penitencia, la falta de conciencia del amor de Dios ha provocado la falta de conciencia del propio pecado. Pero, al mismo tiempo, en palabras de Benedicto XVI, «perder la conciencia de pecado comporta también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios».
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Para vencer aquellos pecados que más queremos erradicar, y en los cuales caemos reiteradamente, será necesario crecer en otras virtudes a las que probablemente no estamos prestando la debida atención. Es decir, es importante que la revisión de vida no se limite exclusivamente a nuestros pecados habituales. En el plan de Dios puede ser necesario vencer un pecado al que hasta ahora hemos dado poca importancia, para crecer en virtud y llegar a superar otras faltas que pensamos prioritarias. Dicho de otra forma: las virtudes, o crecen todas, o no crece ninguna.
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Con ayuda del examen de conciencia, podemos acercarnos a ver nuestra vida a la luz de la vida de Jesucristo, examinando hacia dónde se inclina el centro de gravedad de nuestro corazón. ¡Ojalá siempre hacia Jesucristo, nuestro Señor!


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