En busca de la santidad

Papa Francisco: Hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades. La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él... La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor... no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

La Nueva Evangelización

La importancia de los laicos y la tarea indispensable de los ministros ordenados
Juan Pablo II habló por primera vez de «nueva evangelización» el 9 de junio de 1979 en Nowa Huta, barrio industrial de Cracovia que se hizo famoso por la lucha de los creyentes contra el comunismo. Nowa Huta fue concebida como ciudad sin Dios, una ciudad sin símbolos religiosos y sin iglesia. Los obreros, sin embargo, se rebelaron y se reunieron para erigir primero una cruz. Más tarde, después de enfrentamientos con los órganos estatales y las fuerzas del orden, surgió incluso una iglesia, que debe su existencia —como dijo el Papa en su primera visita a Polonia— al sudor y a la resistencia de los obreros.
El concepto de «nueva evangelización» desde el inicio une el compromiso y el servicio de todos los bautizados en la sociedad y en el mundo a través del decidido testimonio de la obra de salvación de Cristo. La profesión de fe y su difusión no son prerrogativa de especialistas o funcionarios, sino que corresponde a todos los miembros del pueblo de Dios: «De la cruz en Nowa Huta —dijo Juan Pablo II— ha comenzado la nueva evangelización: la evangelización del segundo milenio» ( Homilía en Nowa Huta, n. 3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de junio de 1979, p. 8). Y añadió: «La evangelización del nuevo milenio debe fundarse en la doctrina del concilio Vaticano II. Debe ser, como enseña el mismo Concilio, tarea común de los obispos, de los sacerdotes, de los religiosos y de los seglares, obra de los padres y de los jóvenes» ( ib. ).
Entre 1972 y 1979 Karol Wojtyła había dado un primer paso importante, que por lo general no fue muy conocido en Occidente, celebrando un sínodo de la provincia eclesiástica de Cracovia, iniciativa que en un país comunista implicaba enormes riesgos. La asamblea pretendía involucrar al mayor número posible de miembros de la Iglesia en el proceso de renovación conciliar, comprometiéndolos en la nueva evangelización. Con la convocatoria del sínodo el purpurado define su objetivo: el enriquecimiento y la profundización de la fe según las exigencias modernas, teniendo en cuenta las indicaciones del Vaticano II. Subraya que los desafíos modernos a la fe atañen a todo el pueblo de Dios y a todos sus miembros, sacerdotes y laicos. Los participantes, efectivamente, fueron por lo general laicos que —al haber prohibido el gobierno comunista sus asociaciones— se habían organizado en «grupos de estudio».
En la segunda mitad de los años setenta estuve con frecuencia en Polonia y conocí a Wojtyła, manteniendo también después una estrecha relación y una amistad de larga duración. Por eso, puedo asegurar que los católicos polacos albergan profunda estima y respeto por sus sacerdotes. Aunque el cardenal Wojtyła puso en el centro de la atención el compromiso de todos los bautizados en la difusión del Evangelio, no disminuyó para nada la dignidad y el carácter insustituible de los presbíteros. Y el número de vocaciones sacerdotales en algunas de las diócesis de Polonia demuestra también hoy que el pueblo de Dios exige sacerdotes y que el sacramento del Orden goza de la consideración que la teología católica requiere para él.
Significaría, por tanto, difamar a Karol Wojtyła si, por el énfasis que puso en la participación de todos los bautizados en la evangelización, se le quisieran atribuir intenciones de mentalidad protestante. En 1979 la primera carta de Juan Pablo II a los sacerdotes para el Jueves santo expresa con conmovedora claridad su convicción de que los sacerdotes son insustituibles: «Pensad en los lugares donde esperan con ansia al sacerdote, y donde desde hace años, sintiendo su ausencia, no dejan de anhelar su presencia. Y sucede alguna vez que se reúnen en un santuario abandonado y ponen sobre el altar la estola aún conservada y recitan todas las oraciones de la liturgia eucarística; y he aquí que en el momento que corresponde a la transubstanciación desciende en medio de ellos un profundo silencio, alguna vez interrumpido por el sollozo... ¡Con tanto ardor desean escuchar las palabras que sólo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente! ¡Tan vivamente desean la Comunión eucarística, de la que únicamente en virtud del ministerio sacerdotal pueden participar, como esperan también ansiosamente oír las palabras divinas del perdón: yo te absuelvo de tus pecados! ¡Tan profundamente sienten la ausencia de un sacerdote en medio de ellos!» (n. 10: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de abril de 1979, p. 12).
Hoy es urgente afirmar que los sacerdotes son insustituibles; la Iglesia no puede renunciar a ellos. Los escándalos relacionados con los abusos cometidos por algunos miembros del clero han ensombrecido la imagen del sacerdote también a los ojos de muchos católicos devotos, mermando la estima y el afecto por los sacerdotes. Aún más grave que ese rechazo es la amplia indiferencia con que se ve la figura del presbítero; resulta más grave porque es muy falsa: el hombre moderno cree que puede prescindir de su servicio.
La falta de sacerdotes suscita la creatividad. Se inventan nuevos modelos de servicio y se propone asignar funciones eclesiásticas a personas no consagradas, o se incluye al sacerdote en un «equipo pastoral» como responsable de la gestión de un ámbito pastoral determinado. En algunos países ese equipo se compone de sacerdotes, asistentes pastorales y otros laicos contratados. Una administración según principios sociológicos se convierte en factor decisivo, reduciendo las oportunidades de infundir o promover la fe a través de una relación personal, del testimonio y de una relación de confianza madurada en el tiempo. El sacerdote en calidad de ministro ordenado ya sólo sirve para cumplir algunas «funciones» específicas.
Lo que he descrito no es fruto de especulaciones abstractas. Se trata de fenómenos concretos. Se han ido desarrollando en los países de lengua alemana, comenzando por Suiza. Allí se han creado nuevas «unidades pastorales», en las que participa también un sacerdote, pero él no necesariamente las dirige. Esa función puede desempeñarla también un hombre o una mujer no consagrados. Asimismo, en Alemania y en el norte de Italia algunas diócesis están siguiendo ese camino. El ministerio ordenado, por consiguiente, está pasando lentamente a la sombra. Y comienza a surgir la pregunta: «¿Para qué los sacerdotes?». Así pues, es urgente volver a poner de relieve el perfil teológico del presbiterado a través de las Escrituras y el magisterio de la Iglesia. Los sacerdotes mismos deben cobrar mayor conciencia de su propia identidad, para evitar que se oscurezca el sentido de su misión. Y una auténtica evangelización deberá dejar claro a los ojos de las comunidades que los ministros ordenados no sólo son importantes sino también indispensables.
Naturalmente no sería oportuno responder a esta secularización de los servicios eclesiales con un clericalismo igualmente extremista. Por desgracia, se pueden observar tendencias semejantes, totalmente equivocadas. Se habla de un concepto de santidad de tipo histórico-religioso a través de una separación del mundo, sin caer en la cuenta de que la santidad de Cristo, único sacerdote, deriva de su misión en el mundo y del sacrificio de su vida. De hecho, según el Evangelio de san Juan (10, 36), el Señor es «aquel al que el Padre ha consagrado y enviado al mundo».
En vez de razonar bíblicamente, se mira al sacerdote como a un «representante cultual», hombre de lo sagrado que no forma parte, ante todo, del pueblo de Dios, sino que se sitúa frente a él como figura distinta. Se olvida el bautismo como factor real que caracteriza la identidad cristiana. Sólo interesa lo que distingue al sacerdote de los laicos, porque estos evidentemente se han vuelto adversarios peligrosos para la función de los presbíteros. Subestimando a los laicos se espera, por tanto, poder aumentar el número de las vocaciones y la estima por los presbíteros. Esta teología oportunista, incluso sólo desde el punto de vista empírico, no puede menos de ser equivocada. ¿No son acaso los nuevos movimientos espirituales los que han dado a la Iglesia el mayor número de vocaciones en el pasado reciente, a pesar de que, por lo general, han sido fundados por laicos y pese a que los puestos de mayor responsabilidad en su seno están ocupados por laicos?
El intento de atribuir sólo al clero la responsabilidad de la prosecución de la obra salvífica de Cristo se opone frontalmente a la teología del concilio Vaticano II, especialmente de la constitución Lumen gentium. Los padres conciliares quisieron afirmar que las personas, los puestos y los servicios de la Iglesia se deben concebir dentro de la misión de la Iglesia universal. A ella están llamados todos, laicos, sacerdotes, obispos y religiosos. Y las naturales diferencias de tareas participan de la misma gracia de la redención, del amor y de la esperanza.
También el decreto conciliar Presbyterorum ordinis afronta en primer lugar la misión de la Iglesia universal: «No hay ningún miembro que no tenga parte en la misión de todo el Cuerpo, sino que cada uno debe venerar a Jesús en su corazón y dar testimonio de Jesús con la inspiración profética» (n. 2). Únicamente después de esta afirmación, el decreto trata de la tarea particular del presbítero que tiene por condición el sacramento del Orden, a través del cual el sacerdote se distingue del simple bautizado no sólo en grado sino también en la sustancia (cf. Lumen gentium, 10). Así pues, quien, aunque sea con buenas intenciones, no reconoce el papel sustancial de los laicos en la misión de la Iglesia, falsea la palabra vinculante y el espíritu del que tomó su origen el Vaticano II.
Karol Wojtyła, que también fue padre conciliar, es un maestro digno de confianza. En el libro «En las fuentes de la renovación. Estudio sobre la aplicación del concilio Vaticano II», publicado en Cracovia en 1972, investiga a fondo la cuestión y confirma la tesis de fondo de las consideraciones expuestas hasta aquí y presenta las principales ideas sobre la misión de los laicos en la Iglesia. El cardenal se remite a la Lumen gentium, la cual pide a los pastores que guíen a los fieles de tal manera que «todos, cada uno a su manera, colaboren unánimemente en la tarea común» (n. 30). Para Wojtyła esta afirmación «clásica» es de vital importancia. Define al Vaticano II «el concilio del pueblo de Dios», que pone de relieve «la multiplicidad y la diversidad de las vocaciones en el seno de la Iglesia», indicando al mismo tiempo los caminos que conducen a su recíproca integración en el contexto de la misión que les ha sido confiada.
Del decreto conciliar Apostolicam actuositatem el purpurado destaca el pasaje que trata del ministerio particular del clero a través de la palabra y el sacramento; y, sin embargo, con una expresión bíblica, llama a los laicos «cooperadores de la verdad» ( 3 Jn , 8). Para el decreto, «el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral» (n. 6) se complementan mutuamente de modo muy especial; según Wojtyła, en el sentido de una «estrecha comunión de las tareas encomendadas», la cual «depende de la madurez de pensamiento tanto de los sacerdotes como de los laicos». Y explicando la Lumen gentium (n. 33) sintetiza: «La actitud comunitaria tanto de los laicos como de los miembros de la jerarquía y de las órdenes refleja, por tanto, la comunidad de los ministerios en la obra salvífica de la Iglesia. Esos ministerios en su diversidad presuponen la comunidad, al estar en definitiva orientados a ella».
El arzobispo de Cracovia también toca brevemente el tema de la cooperación entre sacerdotes y laicos en el ámbito de las recíprocas dotes y competencias. Una vez más comenta la Lumen gentium (n. 37) y la Gaudium et spes (n. 43), indicando pasajes que ponen en guardia, si se puede hablar así, ante el «clericalismo». Y prosigue: «Según el Concilio, uno de los principios básicos del apostolado de la Iglesia es que los laicos asuman todas las tareas que corresponden a su vocación, en la Iglesia y en el mundo. Eso no significa en absoluto una fractura en la comunidad, sino que, por el contrario, la edifica». Con una referencia a Presbyterorum ordinis (n. 9) el cardenal Wojtyła recuerda que los presbíteros deben reconocer sinceramente y promover la contribución de los laicos a la misión de la Iglesia: «Examinando los espíritus para ver si son de Dios, han de descubrir mediante el sentido de fe los carismas, tanto los humildes como los excelsos, que bajo múltiples formas se conceden a los laicos; deben reconocerlos con alegría y fomentarlos con diligencia».
Su representación de la misión común de simples bautizados y de presbíteros ordenados no deriva de algún temor; más aún, es constructiva y estimulante. Y no niega en absoluto la necesaria distinción entre los dos estados, ni el carácter insustituible de los sacerdotes. Sin embargo, Wojtyła reconoce una vez más la gran ocasión que ofreció el Concilio para la difusión de la fe al exhortar a todos los bautizados al apostolado.
La introducción del término «nueva evangelización» en Nowa Huta y su significado tenían su origen en su experiencia personal y habían suscitado en él la confianza en la fuerza misionera de todo el pueblo de Dios. Por ejemplo, a través de su cercanía al movimiento de evangelización Oasis —Luz y Vida—, difundido en Polonia y sumamente dinámico.
En una reunión de los responsables del movimiento con la comisión de la Conferencia episcopal polaca para el apostolado, el cardenal afrontó en 1976 el problema de los equívocos por parte de algunos párrocos: «La parroquia tradicional postridentina es una parroquia con un centro, con un único sujeto responsable. Hay una Iglesia activa, una Iglesia magisterial de los pastores en el centro de un gran número de fieles pasivos relegados a la escucha. La transformación de ese modelo de parroquia en compromiso comunitario compartido por todos, es naturalmente una tarea que hoy estamos llamados a afrontar. Parece que el objetivo del movimiento del Oasis es exactamente este: mira a la parroquia del futuro, no a la parroquia tradicional, como la encontramos, con sus costumbres características, en muchos lugares». Y añade: «Yo deseo que este movimiento encuentre un modelo de colaboración con la parroquia, que a través de su compromiso se llegue a una compenetración entre parroquia y movimiento, transformando así gradualmente la parroquia».
En la visita que realizó a Polonia en 1979, Juan Pablo II habló claramente de esta concepción suya de la Iglesia. Aprovechó el encuentro en Nowy Targ con los habitantes del altiplano para un gesto muy significativo, expresión de su aprecio por el Oasis: algunos jóvenes del movimiento llevaron cestos para el pan, que en vez de pan contenían Biblias, y él mismo participó en la distribución de los libros, entonces sumamente raros, ilustrando con ese gesto que el hombre no vive sólo de pan. Así aclaró la colocación y su derecho a existir en el seno de la Iglesia de este grupo, que no era bien visto por el Gobierno comunista. Juan Pablo II no sólo había acuñado la expresión «nueva evangelización», sino que la había convertido en el concepto clave de su pontificado, como recordó Benedicto XVI en 2010, en la homilía de la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo.
Sin duda, la difusión o la popularidad de un concepto no garantizan que sea realmente acogido o actuado a fondo. Más aún, a veces queda desvirtuado, ofuscado el mensaje originario. Eso sucede también a conceptos centrales de la Revelación y de la pastoral. Así, resulta necesario restituir perfiles netos a esas ideas y devolverles su fuerza originaria. Evocando la historia de su nacimiento, el pontificado de Juan Pablo II y sus objetivos, he querido contribuir al esclarecimiento de la idea de nueva evangelización.
En la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi Pablo VI había puesto las bases para una primera definición fundamental del concepto de evangelización. Un concepto que a sus ojos se caracterizaba por un vasto campo de acción: «Evangelizar significa para la Iglesia llevar la buena nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad» (n. 18), para «transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación» (n. 19). Esas palabras ilustran bien cuán multiforme es la tarea, pero indican asimismo un camino para una progresiva ampliación del término evangelización.
La naturaleza humana tiende a dar preferencia a la realidad social y a lo que se puede alcanzar con las propias fuerzas. También respecto al compromiso de presbíteros y voluntarios en la evangelización, la atención se concentró pronto principalmente en elementos mundanos: justicia y paz, salvaguardia de la creación, debates sobre los valores y los derechos humanos. Desde luego, todo eso tiene relación con el Evangelio, pero no concierne aún a la cuestión de la fe. Además, puede oscurecer la esencia del mensaje divino y esto llevó a Juan Pablo II a ponerla nuevamente de relieve. Al visitar la parroquia romana de los Santos Patronos de Italia, el 26 de noviembre de 1989, reafirmó que en la evangelización no basta proclamar valores cristianos. Para poder hablar de evangelización es necesario que se trate de los contenidos de la fe: «Eso acaecerá si el nombre, la enseñanza, la vida y las promesas, el misterio, en una palabra, el Reino de Jesús de Nazaret, redentor del hombre, se proclaman con nuevo valor, sin fáciles reducciones oportunistas y ambigüedades» ( Homilía, n. 2: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de diciembre de 1989, p. 24).
La encíclica Redemptoris missio ( 7 de diciembre de 1990) establece definitivamene esa precisión. Entre otras cosas, describe una evangelización que busque la transmisión de los «valores del Reino»: paz, justicia, libertad, fraternidad. Pero, junto a los aspectos positivos de ese tipo de predicación, lamentablemente existen también lados negativos, como callar sobre la persona de Jesucristo. Contra esa concepción, el Papa polaco se expresa con firmeza: «El reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible» (n. 17). Y el concepto de «nueva evangelización» pasó a ser evidente como ese nuevo impulso para que la misión de la Iglesia se dirija a todos los miembros del pueblo de Dios.

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